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Gatsby
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achacar todo aquello sino a sus amores con Aixa? Sinduda la infiel, con hipócrita
dulzura, habíale instilado en el alma supropia pestilencia. El clérigo de la venta de
Cerebros, Mosén Raimundo yel Canónigo Mendoza todos decían la verdad. Comenzó
a sentir en torno desu pecho la impresión de una serpiente que le ceñía. Ansiedad
nueva yhorrible: ¡la brega con el Demonio! Llegó a la convicción de que elhechizo
conservaba toda su fuerza y no se rompería hasta que Aixa nodesapareciera del
mundo. El auto de fe que iba a realizarse quedó paraél como la suprema esperanza.
Esa misma tarde, Ramiro, dejó el palacio del Conde de Fuensalida, y sealojó en la
posada del Sevillano.
Días después, al cruzar las Cuatro Calles en compañía de Domingo deAguirre, poco
antes del toque de oraciones, vio venir, a lo largo de laCalcetería, una vistosa
procesión con mucho ruido de atabales yministriles.
—Es el pregón del Santo Oficio que viene anunciando el auto de lafe—exclamó el
espadero.—Si vuesa merced lo desea podemos aproximarnos.
III
Era una de esas mañanas de junio en que la ciudad de los conciliosparece susurrar
en algarabía canciones de Oriente. El cielo, sin unanube, tiende su tafetán más azul;
aquí y allá, la cal enseña, bajo lostejados morenos, su riente blancura; rosas y claveles
arden en losbalcones, y en lo alto de algunas callejuelas deliciosamente sombríasvese
espejear el azulejo de las cúpulas y alminares.
Pero a la vez que el éter, el esmalte, la flor, exaltaban sobre Toledoaquel resto de
gracia sarracena, la mayor parte de los vecinos habíacambiado sus trajes de costumbre
por tristes ropas de luto. En lasplazuelas y encrucijadas quedaban aun los negros
tingladillos sobre loscuales frailes de todas las órdenes predicaran la víspera con
elocuenciapavorosa; y en la Calle Ancha, en la Lencería, en la Lonja y en torno ala
parroquia de San Vicente, fúnebres terciopelos y bayetones pendían decasi todas las
ventanas, enlutando los muros.
Entretanto el Zocodover hervía de muchedumbre desde las primeras horasde la
mañana. La nueva de que una bruja morisca, dotada por el Demoniode asombrosa
hermosura, sería condenada en el auto de fe de aquel añollegó en pocos días a los más
escondidos lugarejos de los contornos, yno faltaron peregrinos que contaran por las
ventas la historia de laconspiración y del mancebo renegado.
Ramiro esperaba impaciente a la puerta de la posada. Domingo de Aguirrehabía
prometido venir a buscarle para asistir juntos al auto.
Poco después, uno y otro, describiendo largo rodeo, entraban a la plazapor la Calle
Ancha, contando presenciar desde allí el desfile de laprocesión. De una ventana baja,
 

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