—Tomad esta joya por si puede ayudaros en algo.
Y, con un breve saludo, montó en el rocín y picó las espuelas.
Cruzando llanuras estériles y pardas, entrecortadas por una que otraserranía de
aspecto semejante al lomo esquilado de las mulas, evitandolos pueblos, y durmiendo a
cielo abierto donde le tomaba la noche, llegóuna mañana a la vista de la célebre
ciudad de los concilios yespaderías, sin más incidente de importancia, en el camino,
que unasorpresa de salteadores, cuyo jefe, el famoso golfín Avendaño, admiradode su
valor, hízole devolver las joyas y el dinero y ofreció recibirleen su banda como
segundo.
A la vez que la campana de la Catedral daba las doce badajadas demediodía, su
cabalgadura cruzaba, paso a paso, el asoleado puente deAlcántara.
Ramiro pasó las dos primeras semanas vagando al azar por las callejas yplazas de
Toledo, sin compaña, sin paje, sin amor, solitario en eltumulto.
La curiosidad forastera sacábale del lecho más temprano que decostumbre, y, casi
todas las mañanas, cruzando el Zocodover y tomando lacalle de las Armas, íbase al
puente de San Martín, con el pasodesocupado y tranquilo que cuadraba a un hombre
de su estirpe. De estasuerte, yendo y viniendo a lo largo de la calzada, o
recostadoociosamente contra el parapeto, dejaba correr una o dos horas, sin
másocupación que la de ver llegar el abasto campesino en el deleitosoamanecer. Sus
ojos se holgaban en observar la confusión de trajesversicolores, de fachas rudas y
curtidas, de espuertas rebosantes, y elpolvoroso tropel de borricos, de bueyes, de
rebaños. Era el acopiocuotidiano de la Vega y de las dehesas de los contornos,
acudiendo a laciudad por aquel puente vertiginoso que el sol matinal sobredoraba.
Eratoda la serna, toda la nava, toda la sizla con sus olores rústicos, susbalidos, su
campanilleo, sus cantares. A veces, por unos pocos ochavos,el joven avilés tomaba de
los cestos algunas uvas de Mozamboroz oAjofrín, enfriadas por el rocío.
Harto penoso érale volver a pasar bajo los arcos sucesivos del antiguotorreón
almenado que guarnece la cabecera. Sus piernas se hundían en unaola brusca de
cabras o de carneros; aquí un borrico le estropeaba labota con la pezuña, allí una
vaquera de la sagra le apartaba de unmanotón. No había quien no se aturdiese bajo la
