Read The Great
Gatsby
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El resto de la frase perdiose entre las mantas.
VII
Amargo fue el despertar del joven hidalgo. Pablillos le trajo el dinerode los
genoveses, a quienes llevó los retratos con la primera lumbre delalba; pero después de
referir los pormenores de la diligencia, le dijo:
—Debo comunicar también a vuesa merced, que, al cruzar la plazuela,topé con
Pedro San Vicente, el segundón, quien parecía estarmeesperando. Me ha declarado,
con mucho misterio, que don Alonso Blázqueztiene resuelto entrar de religioso tan
pronto case a la hija, e que suhermano el mayorazgo le pasea la calle a la señora
Beatriz, entrada lanoche, e que hace menos de una hora ha recibido un papel que no
puedeser sino della, dándole una cita para hoy; pues a través de unaantepuerta hale
oído exhalar muchos suspiros, diciendo: «Sí, bellanamorada mía. ¡Sí que he de ir!
Hoy mesmo, hoy mesmo. Mal que os pese,señor Ramirillo.» Y encargome no dejara
de referir esto último, palabrapor palabra, a vuesa merced, por lo mucho que le
importa.
—¿Quién acoge razones de un ebrio?—repuso Ramiro, desdeñosamente.
Pero no por eso dejó de experimentar súbito calofrío que le bajó hastalas plantas.
Hizo llamar a Medrano y refiriole su extraña situación, el menospreciode Beatriz, la
frialdad de don Alonso y lo que acababa de decirle supaje.
El escudero palideció de pronto y, mesándose la barba, repuso:
—Amor de niña, agua en cestilla—luego alzando la frente:—¿No seráalguna treta
de Franco, el campanero?
Ramiro, pensando que podía referirse al asunto de los moriscos, meneóla cabeza
negativamente. Acto continuo, como hombre resuelto a desatarel nudo de modo harto
breve, vistiose el coleto de ante y ciñose laespada que le diera don Rodrigo del
Aguila. Luego, desnudando la hoja,oprimió con ambas manos la guarnición sobre su
pecho, para rezar deaquella guisa una larga plegaria. En acabando persignose con
laempuñadura, y haciendo correr a lo largo del acero indefinible mirada,envainolo
otra vez en silencio.
Todo quedó convenido. Ordenó a Medrano que fuese a rondar la casa deBeatriz.
Quería saber lo que pasaba, instante por instante, por si eraverdad lo del billete. El por
su parte iría a esperar junto a la Puertade San Vicente, y Pablillos haría de correo.
Eran pasadas las once de la mañana cuando Ramiro y su criado dejaron laciudad,
tomando, hacia la izquierda, el camino exterior que corre, porla parte de Mediodía, al
pie de los muros. El muchacho caminaba pordelante con el gesto despejado y feliz, y
 

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