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Gatsby
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cabeza.—Nunca me acontece confundir sus pasos en la calle, cuandocorro a la
vidriera. Sus espuelas arañan las losas, tric, tric, tric,tric, y a veces la contera va dando
contra el muro, tac, tac... Mi padredice que Ramiro desciende de los linajes más
antiguos y claros deCastilla.
—Tric, tric, tac, tac—remedó burlescamente la dueña.
—¡Licenciado no le quiero, pero si volviese aína de alguna guerra, conla jineta de
capitán!
Don Alonso no perdió una sola palabra de aquel diálogo. Hubo un momentoen que
sintió el impulso de entrar en la alcoba e intervenir francamenteen la plática; pero el
temor de aparecer ante su hija como un hombrecapaz de allegar el oído a la rendija de
las puertas le contuvo.
Aquella misma tarde hizo llamar a Beatriz, y ordenándole reserva,refiriole con
pulcras palabras la historia del nacimiento de Ramiro. Enseguida, aludiendo a las
pretensiones amorosas del mancebo, acabó pordecir, con la mano en alto y la voz
estremecida y solemne:
—¡Antes morir, hija mía, antes morir que mancillar nuestra clarísimasangre con
sangre de moros!
V
Afuera, en la ciudad, torvo sosiego de siesta castellana.
La luz del mediodía arde rabiosa en los pétreos paredones, caldea loshierros,
requema el musgo de los tejados.
Las calles están solitarias y mudas; pero, de tarde en tarde, la ásperavoz de algún
morisco, vendedor de legumbres, profana el monásticosilencio, haciendo refunfuñar a
más de un hidalgo adormido en laobscuridad de su alcoba.
Los gallos cantan roncos y soñolientos.
Ramiro recorre de un extremo a otro el destartalado salón.
—¿Qué ha sucedido?
El polvo señala sobre las paredes desnudas la marca vertical de lospaños; y uno que
otro clavo conserva aún hilachas y jirones deterciopelo turquí. Diríase que bárbaros
instrusos han arrancado todoslos tapices y antepuertas, con premura de saqueo, y
quebrado hasta laúltima baldosa del piso al arrollar las alfombras y llevarse
losmuebles, no dejando otra cosa que una mesa florentina de ébanoincrustada de
marfil y una silla de roble.
 

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