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Gatsby
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Mosen Rubí. Valderrábano, al dejar laiglesia, apoyose en el hombro de Ramiro y lloró
tiernamente.
III
Ramiro no pudo dormir en toda la noche. Lúgubres visiones le robaban elsueño, y
los pormenores del suplicio se reproducían en su memoria,suscitados por la tiniebla y
el silencio. Era hermoso morir con aquellavalentía. Sin embargo, en caso semejante,
él hubiera hablado a lamuchedumbre. Inventaba entonces en su cabeza discursos
extraordinarios.Pero, por debajo de su enhiesta arrogancia, su instinto rastrero
hacíalemeditar en el poder del Soberano, en aquel poder irresistible, absoluto,que, a la
vez que dispensaba los más grandes honores, podía suprimir laexistencia más bizarra
con un trazo de péñola.
A la hora del alba, cuando la nueva luz comenzó a señalar las rendijasde la ventana,
el amor de Beatriz se encendió como nunca en su pecho.Pensó en ella
apasionadamente. Pensó con frenesí en el goce de vivir yde amar, animando junto a él
la ilusión de una boca bajo la suya, desedosa cabellera perfumada, entre sus propias
holandas.
Su primer pensamiento, al levantarse, fue irle a pasear la calle a ladoncella.
Consideró que las personas que venían todos los días a dar elpésame por la muerte de
don Íñigo le ocuparían la tarde. Era menesterescapar. A la una comenzó a
engalanarse. Cuando el criado le echaba porfin sobre los hombros el capotillo de
negro terciopelo atrencillado, unadueña vino a decirle que Beatriz subía las escaleras,
y que, no estandoataviada aún doña Guiomar, era necesario entretener a la visita.
—¡Ah! ¡cómo viene hacia mí!—exclamó Ramiro para su coleto; y dando unúltimo
toque a sus cabellos, salió de la estancia.
Sólo podía recibirla en el antiguo estrado, pues los demás habían sidodesguarnidos
por los usureros. Reflexionó, sin embargo, que, a pesar desu vejez y abandono, aquel
salón trascendía a grandeza grave y a rancioabolengo. Levantó el cerrojo y entró.
Era una cuadra larga y angosta, diversamente alhajada según el estiloflamenco,
italiano y mudéjar de los tiempos del Emperador. Desde lamuerte de doña Brianda del
Aguila permaneció sin abrirse, como esassalas de los cuentos orientales que encierran
pavoroso misterio. DonÍñigo y su hija prefirieron, a su vez, otras estancias más fáciles
derenovar. Decíase que en su recinto la Santa Junta de los Comuneros habíacelebrado
su primera reunión clandestina; y por mucho tiempo corrióentre el vulgo la leyenda de
que los espectros de los ajusticiados, secongregaban allí dentro, en las noches de luna.
Por eso tal vez, nadiequiso habitar aquella casa durante un cuarto de siglo.
 

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