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Gatsby
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Su expresión era extraña. El demasiado dolor la hacía sonreír. Caminóhacia la
mesa. Removió la mecha del velón, la limpió, la retorciódebidamente. Luego, sin
pronunciar un vocablo, salió de la estancia.
SEGUNDA PARTE
I
El rey don Felipe Segundo era llamado, con razón, el Prudente.
Grandes fueron los tumultos y demasías de Aragón; sin embargo, a finesdel año de
1591 todo pareció terminar en paz y concordia bajo lasimulada clemencia del
Monarca. Los señores rebeldes, perdido el recelo,volvían a Zaragoza y ofrecían su
mesa a los oficiales del ejércitocastellano. Había llegado el momento de la regia
venganza.
Cierta mañana, el Justicia Mayor, don Juan de Lanuza, al subir lasgradas de la
Catedral, hallose arrestado en nombre del Rey. Un capitánde arcabuceros le esperaba
desde temprano, fingiendo examinar lasestampas de una tienda de libros.
«Prenderéis a don Juan de Lanuza, y hacedle cortar luego la cabeza», talera la orden
manuscrita de Felipe Segundo.—¿Y quién me condena?—habíapreguntado el Justicia
al oír la lectura de la sentencia.—El Reymismo—le respondieron.—Nadie puede ser
mi juez—replicó—sino Rey yreino juntos en Cortes.
Al otro día el primer magistrado de Aragón era degollado por mano deverdugo. De
este modo el Rey «ajusticiaba la justicia» y desgarraba parasiempre los fueros de
varios siglos. Otros señores y, entre ellos, donDiego de Heredia, barón de Bárboles, y
don Juan de Luna, señor dePurroy, habían de seguir igual suerte, después de soportar
ferocestormentos. El duque de Villahermosa y el conde de Aranda
perecieronmisteriosamente en sus prisiones. Algunos rebeldes, que no gozaban
delseñoril derecho de morir descabezados, fueron arrastrados por lascalles, en un
serón de infamia, hasta el garrote.
Así quedó vengada la defensa de Antonio Pérez y roto para siempre elbrío de aquel
soberbio Aragón, que sólo cada tres años se dignabaarrojar en las arcas del Rey su
arrogante limosna.
De igual modo los pueblos de Castilla habían sido escarmentados añosantes por el
Emperador, cuando el alzamiento de las Comunidades; perotodavía solía advertirse en
ellos uno que otro conato levantisco, comoel que hace erguir sobre las patas traseras a
los rocines castrados. Noya los señores, sino que también los pecheros comenzaban a
 
 

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