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Gatsby
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Propúsole el mismo remedio. El mancebo se prestó, y un candente barroteaplicado
a la herida le dejó curado para siempre.
XXVII
Los días inmediatos desarrollaron para Ramiro una de esas bregasinteriores que
semejan la alternativa de un anciano y un mancebo. Elentendimiento razona,
aconseja, predice; mientras la voluntad,sintiéndose por fin reducida, se dispone a
obedecer. Llega luego laacción, y no queda sino el vuelco del azar y el ardor de la
sangre.
Pocos días después de la conminación de su madre, en un instante defervor y
remordimiento, había prometido a Su Divina Majestad ingresar ala Orden del
Carmelo apenas terminase sus estudios, y aquel voto,lanzado en rapto de pasión,
veíalo ahora suspendido a una alturainaccesible encima de su ánimo. Sin embargo, era
menester cumplir. Locontrario sería perderse para esta vida y para la otra, pues el
Señor noperdonaba semejantes perjurios.
Entonces los malos espíritus emergieron como sirenas. Uno susurraba queaquel
sacrificio sería inseguro y estéril, pues él no era hombre capazde arrancarse del pecho
el ansia de vivir soberbiamente, de triunfar enel siglo, de poner su garra sobre todas
las presas de la voluptuosidad ydel orgullo. Otro le decía con hipócrita blandura:
«Tiempo habrá devestir el sayal; pero antes precisas correr mundo y conocer todo el
malde la vida, para salir templado de ese fuego purgativo como el acero delas
espadas. Sólo así podrás llegar a comprender la grandeza del sublimereverso realizado
en los claustros.»
Pero él rechazaba con indignación estos discursos, reconociendo laelocuencia
acomodaticia del Tentador.
En cuanto a Beatriz, no había para qué seguir pensando en ella. Lo queél buscó ya
estaba conseguido. Había humillado a su rival y mostrádoleque, si él lo quisiera, la
hija de Blázquez Serrano sería su desposada.¿A qué más?
Una tarde calurosa de fines de abril fuese a dar una vuelta por elcamino exterior que
corre al pie de los muros. Dejó la ciudad, como decostumbre, por la puerta de Antonio
Vela. No había llovido en todo elmes. El valle, con sus panes demasiado mohínos,
mostraba, allá abajo, unaspecto sediento y polvoroso. Al llegar a la esquina del
Alcázar doblóhacia la izquierda, y siguió caminando sin detenerse.
Aislada entre las peñas y bañada por los últimos resplandores de latarde, la basílica
románica de San Vicente relucía cual cobrizorelicario; mientras los dos inmensos
torreones de la puerta vecina serevestían de sombra cuasi nocturna. Ramiro levantó la
 

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