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Gatsby
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Hasta los últimos años de su vida solía consolarse de sus mayorespesares
recordando los episodios de aquella fiera vendimia de laAlpujarra.
Había heredado de sus mayores el sentimiento heroico de la honra y unseñoril
desprecio por todos los afanes del interés y del lucro. Tanto enAvila como en
Segovia, desdeñando la administración personal de lapropia hacienda, entregola por
entero, con las llaves de sus arcas y lasfunciones de maestresala, a un mayordomo
flamenco, cuya probidad creíaasegurar, de tiempo en tiempo, mediante alguna
demostración caballerescade confianza y uno que otro aforismo de las Partidas. Fuera
del vino deMadrigal, guardado en pellejos taberniles, no se hallaba provisiónalguna
en la casa, y, continuamente, los criados salían a mercar acrédito en la vecindad lo
que se iba necesitando.
Las angustias de dinero no tardaron en sobrevenir; pero el hidalgo, cuyaaltivez no
aceptaba las humillaciones de la economía, fue empeñando unoa uno sus bienes a los
genoveses. Si la premura era grande, hacíadescolgar un tapiz, negociar una joya o
pagar ciertos gastos con laspiezas de su innumerable vajilla, cuyos platos, fundidos en
las minas deAmérica, hacían fácilmente las veces de monedas enormes. El era,
sinembargo, harto sobrio. Un caldo de torrezno, que se servía en una soperacon
candado para defenderlo de la voracidad de los pajes, un huevo, yalgún hojaldre
relleno de picadillo con pebre, bastaban a cualquiera desus colaciones. Algunos
viernes, como un acto ritual, bebía una taza devino y probaba algunos bocados de
cerdo, para diferenciarse de moros yjudíos.
III
Guiomar y don Íñigo se veían tan sólo a las horas de la comida y de lacena. El
anciano, sentado a la cabecera, y su hija, hacia un extremo dela tabla, entre Ramiro y
el Capellán, permanecían todo el tiempo sinhablarse. En medio del angustioso
mutismo, cualquier rumor, el choque dela platería, las pisadas de un paje, el grito de
los buhoneros en lacalle, cobraba un eco solemne.
Al levantarse, cuando la gota se lo consentía, el anciano caminabaalgunos instantes
a lo largo de la cuadra. Guiomar y su hijo seacurrucaban junto al brasero. Oíase el tic-
tac de un cuadrante. Nadiehablaba.
No hubiera podido decirse, al pronto, si era una aversión recóndita o undolor
compartido lo que motivaba dicha reserva. Cada uno se informabadel otro por medio
de la servidumbre. Para Guiomar su aposento,inmediato al oratorio, tenía austeridades
de celda, y cuando cruzabalas demás habitaciones, parecía visitar una casa extraña,
dejando trassí como flotante congoja. Su lozanía de otros tiempos, y el mismo brillode
sus pupilas, mantenido entonces a favor de melindroso pestañeo, todohuyó
 

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