—Esto es para costear la asistencia y para que nada le falte. En
cuantoa la caridad de usted, tía María, Dios será el premio.
La buena anciana vaciló un instante, tomó el dinero y dijo:
—Bien está; nada le faltará; vaya usted descuidado, tío Pedro,
que suhija queda en buenas manos.
El pobre padre salió aceleradamente y no se detuvo hasta
llegar a laplaya. Allí se paró, volvió la cara hacia el convento y
se echó a lloraramargamente.
Entre tanto, la tía María decía a Momo:
—Menéate, ves al lugar y tráeme un jamón de en casa del
Serrano, que mehará el favor de dártelo añejo, en sabiendo que
es para un enfermo;tráete una libra de azúcar y una cuarta de
almendras.
—¡Eche usted y no se derrame!—exclamó Momo—, y eso,
¿piensa usted queme lo den fiado, o por mi buena cara?
—Aquí tienes con que pagar—repuso la abuela, poniéndole en
la mano unamoneda de oro de cuatro duros.
—¡Oro!—exclamó estupefacto Momo, que por primera vez en
su vida veíaese metal acuñado—. ¿De dónde demonios ha
sacado usted esa moneda?
—¿Qué te importa?—repuso la tía María—; no te metas en
camisa de oncevaras. Corre, vuela, ¿estás de vuelta?
—¡Pues sólo faltaba—repuso Momo—el que sirviese yo de
criado a esapilla de playa, a esa condenada Gaviota! No voy, ni
por los catalanes.
—Muchacho, ponte en camino, y liberal.[13] 