—Sí, padre—respondió la duquesa—; y una sola cosa falta a
micontento, y es que queráis acompañarnos.
—Padre—dijo el duque—, ¿podéis negar algo a vuestra hija,
que seríauna santa si no fuera un ángel?
El marqués miró a su hija, en cuyo rostro brillaba un gozo
intenso;después al duque, que ostentaba la más pura
satisfacción. Entonces unatierna sonrisa suavizó la austeridad
natural de su semblante, yacercándose a su yerno:
—¡Venga acá esa mano—le dijo—; y cuenta conmigo!
María, indispuesta desde antes de ir a la cena, había
empeorado y teníacalentura a la mañana siguiente.
—Marina—dijo a su criada, después de un inquieto y breve
sueño—,llama a mi marido, que me siento mala.
—El amo no ha vuelto—respondió Marina.
—Habrá estado velando algún enfermo—dijo María ¡Tanto
mejor! Merecetaría una cáfila de cosas y de remedios y yo los
aborrezco.
—Estáis muy ronca—dijo Marina.
—Mucho—respondió María—, y es preciso cuidarme. Me
quedaré hoy encama y tomaré un sudorífico. Si viene el duque,
le dirás que estoydormida. No quiero ver a nadie. Tengo la
cabeza loca.
—¿Y si viene alguien por la puerta falsa?
—Si es Pepe Vera, déjale entrar, que tengo que decirle. Echa
laspersianas y vete.
