—¡Pobre España!—exclamó el general, dando la mano al
duque ylevantando los ojos al cielo.
El duque había proporcionado a Stein y a su mujer una casa de
pupilos, acargo de una familia pobre, pero honrada y decente.
Stein habíaencontrado en una cómoda, cuya llave le entregaron
al tomar posesión desu aposento, una suma de dinero, bastante a
sobrepujar las másexageradas pretensiones. Adjunto se hallaba
un billete, que contenía lassiguientes líneas: «He aquí un justo
tributo a la ciencia delcirujano. Los esmeros y las vigilias del
amigo no pueden serrecompensadas sino con una gratitud y una
amistad sincera.»
—¡Ah, María!—exclamó, enseñando el papel a su mujer—.
Este hombre esgrande en todo: lo es por su clase, lo es por su
corazón y por susvirtudes. Imita a Dios, levantando a su altura a
los pequeños y loshumildes. ¡Me llama amigo, a mí, que soy un
pobre cirujano; y habla degratitud, cuando me colma de
beneficios!
—¿Y qué es para él todo ese oro?—respondió María—; un
hombre quetiene millones, según me ha dicho la patrona, y
cuyas haciendas sontamañas como provincias. Además, que si
no hubiera sido por ti, sehabría quedado cojo para toda la vida.
En este momento entró el duque y, cortando el hilo a los
desahogos deagradecimiento en que Stein se deshacía, le dijo a
su mujer:
