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—Don Modesto—respondió Rosita—, dice el refrán: cargos
son cargos; ymientras esta descaradota esté al mío, tengo que
dar cuenta de susacciones a Dios y a los hombres. Pues bien,
cada cual tiene bastantecon responder de lo suyo, sin necesidad
de cargar con pecados ajenos.Además de que, usted lo está
viendo, es una criatura que no se puedemeter por vereda; por
más que se la inclina a la derecha, siempre ha detirar a la
izquierda.
Capítulo XI
Tres años había que Stein permanecía en aquel tranquilo
rincón.Adoptando la índole del país en que se hallaba, vivía al
día, o comodicen los franceses, au jour le jour, y como en otros
términos leaconsejara su buena patrona la tía María, diciendo
que el día de mañanano debía echarnos a perder el de hoy, y que
de lo sólo que se debíacuidar era de que el de hoy no nos echase
a perder el de mañana.
En estos tres años había estado el joven médico en
correspondencia consu familia. Sus padres habían muerto,
mientras él se hallaba en elejército en Navarra; su hermana
Carlota había casado con unarrendatario bien acomodado, el
cual había hecho de los dos hermanospequeños de su mujer dos
labradores poco instruidos, pero hábiles yconstantes en el
trabajo. Stein se veía, pues, enteramente libre yárbitro de su
suerte.
Habíase dedicado a la educación de la niña enferma, que le
debía lavida, y aunque cultivaba un suelo ingrato y estéril, había
conseguido afuerza de paciencia hacer germinar en él los
rudimentos de la primeraenseñanza. Pero lo que excedió sus
esperanzas, fue el partido que sacóde las extraordinarias
 

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