gratísimasorpresa. Sobre la cómoda había una tarjeta con el
pico doblado.
El corazón quería salírsele del pecho al ver los bonitos
caracteres quedecían:
El marqués viudo de Saldeoro.
Largo rato estuvo perpleja, la cartulina en la mano, sin
apartar losojos del sortilegio que sin duda contenían las
letras negras del nombrey las pequeñitas de las señas:
Jorge Juan, 13. Las emociones variasque se sucedieron en
Isidora, las cosas que pensó en rápido giro de lamente, no
son para contadas. Todo se resolvió en alegría, de la que
sederivaban, como de rico manantial, diversas corrientes de
sentimientosexpansivos; a saber: un profundo
agradecimiento al distinguido caballeroque la visitaba, y un
deseo vivo de que llegase pronto, muy pronto, lomás
pronto posible, el día siguiente.
Su buen tío había escrito a dos principales señores de
Madrid, hijo ypadre, para que la ampararan, defendieran y
aconsejaran en el gravenegocio de reclamar su posición y
herencia. ¡Cosa extraña y digna degratitud! Una de las
personas a quienes venía recomendada, el hijo, elmarqués
de Saldeoro, de cuya gallardía y proezas galantes habían
llegadonoticias al mismo Tomelloso, no esperaba a ser
visitado por ella, sinoque, dando una prueba más de su
acatamiento al bello sexo, apresurábasea visitarla en tan
humilde morada...
