una trampa, la indignación pública, cuyoengranaje de
brazos y manos le oprimía, como si quisiera pulverizarle.
La noticia de este hecho, llevada por el viento de la
novelería, penetróen los últimos y más apartados rincones
de Madrid, en los palacios y enlas covachas, y cuando ya
todo el vecindario lo sabía, se enteraron delcaso las monjas
de los conventos, los enfermos de los hospitales y lospresos
de la cárcel. Las presas fueron las últimas en saber
laocurrencia. Lo que agradecerían las cien lenguas del
Modelo aquel pastoriquísimo no es para dicho.
Comentáronlo de infinitos modos. Una gitanaaseguró que
ella lo había soñado la noche anterior y otra hacía gala
deun entusiasmo monárquico tan estrepitoso, que hubieron
de encerrarlapara que entrase en vías razonables. La piedad
aconsejaba no se revelasea Isidora un suceso que debía de
impresionarla terriblemente; pero a susamigas les faltó
tiempo para decírselo. Ella no lo quería creer; decíaque era
imposible, que ciertas cosas no pueden pasar nunca. Poco a
pocose fue convenciendo, y últimamente razonaba el caso
de este modo:
«Sí, basta que sea disparatado y horrendo para que sea
cierto. Dios sevuelve contra mí, Dios me deja de su mano».
Y diciéndolo, le entró una pena y una desesperación tal,
que si noenderezara su espíritu en el mismo instante por la
vía religiosa, habríaestado en peligro de perder la razón.
