todo,quedándose maltrecho. Por fin le pasó, Dios sabe
cómo, y al volver en síencontrose con una gran novedad en
su cerebro: tenía una idea; pero unaidea grande, clara,
categórica, sinceramente adherida a su inteligencia.No
durmió en toda la noche, no comió nada a la mañana
siguiente. Teníamomentos de gran temblor y confusión, y
otros en que una actividadfebril obligábale a correr por las
calles, sin ver a nadie, sin fijarseen nada más que en los
coches que iban y venían.
Tomaba un bocado en cualquier taberna, y paseaba,
paseaba. Pasear era suvida y el pasto de su idea. Rompió
toda clase de relaciones, dejó de vera su hermana, a su tía,
a Bou, a Gaitica, y con quien únicamentecambiaba alguna
palabra era con Modesto Rico, que vivía con él y estabacasi
siempre embriagado. Las noches siguientes las pasó
también sindormir. Un malestar inexplicable que a veces
tomaba formas como deentusiasmo, a veces como de
abatimiento letal, actuaba sin cesar dentrode él,
absorbiendo todas sus fuerzas y pensamiento. Repitiole el
ataqueepiléptico, y cuando le pasó, disparataba cual si
hubiera perdido larazón. Durmió luego profundamente;
levantose alegre, salió, ydirigiéndose al Rastro detúvose en
un puesto a comprar algo. Regateó condiscreción y tacto, y
de vuelta en su casa con el objeto que habíacomprado, lo
escondió, lo agazapó debajo del colchón, diciendo
estaspalabras:
«Estáte quieta, ahí, quieta».
