paralamentarse. Verdad es que ella está enferma, su marido
es borracho, supadre ciego, y la casa, ¡qué puñales!, no está
empedrada conpesetas...».
Agustina dio un conmovedor suspiro, seguido de dos
expectoraciones. Conesto anunciaba un relato sentidísimo
de sus desgracias. Pero laSanguijuelera, cortándole la
palabra, se echó un mantón sobre loshombros y salió con
su sobrina, tomando el camino de la calle de lasAmazonas,
adonde llegaron pronto.
«Ese tunante de Pecadillo—dijo la Sanguijuelera
metiéndose por unportal obscuro—no sospecha que viene a
verle su hermana. No te conocerá.Era un cachorro cuando
te fuiste. Pero qué..., ¿no ves? Agárrate a mí,que yo veo en
lo negro como las lechuzas».
Atravesaron un antro. Encarnación empujó una puerta.
Halláronse enextraño local de techo tan bajo que sin
dificultad cualquier persona demediana estatura lo tocaba
con la mano. Por la izquierda recibía la luzde un patio
estrecho, elevadísimo, formado de corredores
sobrepuestos,de los cuales descendía un rumor de colmena,
indicando la existencia depequeñas viviendas numeradas, o
sea de casa celular para pobres. Laescasa claridad que de
aquella abertura, más que patio, venía, llegabatan debilitada
al local bajo, que era necesario acostumbrar la vistapara
distinguir los objetos; y aun después de ver bien, no se
podíaabarcar todo el recinto, sino la zona más cercana a la
puerta, porque lodemás se perdía en ignoradas capacidades
