EL ESCRIBANO.—Precisamente... en el delito de que se
trata no puedeconcederse fianza.
ISIDORA.—¡Delito! ¿Está usted seguro de lo que dice?
EL ESCRIBANO.—El pleito es ahora causa criminal...
ISIDORA.—(Iracunda.) ¿Y de qué me acusan?
EL ESCRIBANO.—De falsificación.
ISIDORA.—¿Falsificadora yo?... (Fuera de sí.)
DON JOSÉ.—(Aparte, apretando los dientes,
frunciendo las cejas ycontrayéndose todo.) No te pierdas,
José.
ISIDORA.—Esto es una infame trama de mis enemigos...
Pero Dios noconsentirá que me pierdan ni que me
deshonren. (Llora.) ¡Y a estollaman justicia, ley!
(Sobreponiéndose al dolor y secando sus lágrimasde tal
modo que parece que se abofetea.) Yo probaré mi
inocencia...Esto me faltaba, esto; ser mártir. (Aparte, con
entereza y orgullo.)Bien venida sea esta noble corona. El
martirio me purificará de misculpas, y hará que
resplandezcan mis derechos de tal modo que lo puedanver
hasta los ciegos. (Alto.) Vamos, cuando usted quiera.
La irritación y la vergüenza, unidas a un desorden
nervioso que casi laprivaba de sensibilidad, tuvieron a
Isidora toda aquella tarde y nocheen un estado parecido al
