atender a las apremiantes necesidades de cada día, empezó
adespojarse de su ropa. No era la primera vez que tenía que
desnudarsepara comer. Poco a poco los vestidos fueron
pasando de la cómoda a lacocina, por conducto de las
prenderas. Últimamente, en un triste yhúmedo día de
octubre, se comieron el sombrero de paja de Italia. ¡Erael
último plato!
En todo este periodo de desastre, en que los tres
desgraciadoshabitantes de aquella casa (Abades, 40) se
iban desprendiendo de suequipaje, como el buque náufrago
que arroja su carga para mantenerse unahora más sobre las
olas, Juan Bou los visitaba todas las noches despuésdel
trabajo. Isidora ocultaba cuidadosamente la lenta y
dolorosacatástrofe, procurando dar a la casa cierto aspecto
de orden, y velarsus afanes bajo apariencias de mentirosa
tranquilidad. Movido de ungalante respeto hacia Isidora,
Bou violentaba su palabra para que nofuese áspera, y así,
hablando del pueblo y de la liquidación social,usaba
términos blandos y oraciones trabajosamente delicadas que
salíande su boca, como los gorjeos de un buey que se
propusiera ser émulo delos ruiseñores. En esto se conocía
la pasta de su corazón.
Miquis había hecho del buen litógrafo infinitas
definiciones. Era, segúnnuestro amigo, un tonel con marca
de alcohol y lleno de agua; un osotorcaz; una hidra sin hiel;
un alfiler guardado en la vaina de un sable;un cardo con
cáliz de azucena; un gorrión vestido de camello, y
