JOAQUÍN.—(Solo.) ¡Bendita sea ella! Vale
infinitamente más que yo.
La unión nefanda de estos dos vocablos, bárbaro el uno,
helénico elotro, merece la execración universal; pero no
importa. Adelante.
Contraviniendo la voluntad y las amonestaciones claras
del Excmo. Sr.(tenía la Gran Cruz) D. Alejandro Sánchez
Botín, Isidora fue a lapradera de San Isidro, acompañada de
su doncella, de Riquín, de D.José de Relimpio y de
Mariano. La prisionera del Sátiro no podíaresistir ya el
anhelo de expansión, de correr libremente, de ser dueñade
sí misma un día entero, y, principalmente de darse el gusto
de ladesobediencia. Haciéndole rabiar gozaba más que
divirtiéndose ella. Yase aplacaría el tirano, pronunciando
un par de buenos sermones, y si nose aplacaba, mejor.
Estaba cansada de tan grande y molesto estafermo, ybien
podía suceder que no haciendo caso de sus insufribles
exigenciasllegase a dominarle y someterle. Para fundar este
imperio convenía ungolpe de Estado.
Entre su doncella y la peinadora la vistieron de chula rica.
Aquellamañanita de San Isidro, mientras duró el atavío
chulesco, todo eraregocijo en la casa, todo risas y alegrías.
Don José andaba a gatassirviendo de caballo a Riquín, ya
vestido desde el amanecer de Dios, yMariano cantaba en la
cocina rasgueando una guitarra. El vestirse demujer de
pueblo, lejos de ofender el orgullo de Isidora, encajaba
biendentro de él, porque era en verdad cosa bonita y
