—Muy bien—dijo Isidora con benevolencia, echando una
mirada compasiva alos libros de cuentas—. Todo está muy
bien».
Don José tuvo que salir a la calle dos veces más porque
era precisotraer garbanzos, azúcar y huevos. Después
volvió a salir porque no habíasal, ni perejil, ni sopa. Trajo
tapioca, y de camino tomó nota dediversas cosas que se
pudieran adquirir... en buenas condiciones.
Luego que almorzaron, alegres y satisfechos del buen
principio que teníauna vida tan arreglada y económica,
Isidora fue a vestir a Riquín y aendulzar con él la tristeza
que no podía vencer. Más tarde se bañó,costumbre a que no
podía renunciar. La peinadora vino luego y sedistrajo con
ella un rato. Érale difícil adquirir el hábito de peinarsepor sí
misma. Toda aquella tarde estuvo pensando en la clase
deocupación que más le convendría; pero sus grandes
cavilaciones nollevaron luz ninguna a la confusión y
perplejidad que en su mentereinaba.
En tanto D. José se dio con toda su alma a la gran tarea de
abrir lascuentas en los libros. Con una importancia y
gravedad indecibles, apuntógastos e ingresos, sin olvidar lo
más mínimo; cargó y abonó; dibujópreciosos números, tiró
líneas con regla, hizo cuentas de varios avarios, de
imprevistos, de suplidos y de deudores varios. Enesta,
dando una prueba de exquisita honradez, puso el importe
de loscigarros que con el dinero de Isidora se había
comprado.
