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La de Bringas

—¿Lo de siempre?—preguntó él desde el embozo de la única sábana conque se
cubría.
—Sí, lo de siempre, pesadilla, convulsiones; ha sido de los ataques másfuertes. Por
fin se ha tranquilizado. ¡Pobre ángel! Tú te empeñas en quea nuestra niña se le
arraigue esta propensión a la epilepsia...¡sabiendo que se corrige con los baños de
mar...!
—Lo mismo son los de los Jerónimos... digo, son mejores.
La voz de Rosalía, objetando algo, se perdió en los aposentosinmediatos. Bringas,
después de toser un poco, envolvió en las nubes delsueño su opinión sobre la
superioridad de los baños del Manzanares antetodos los baños del mundo.
La mejoría de nuestro amigo se acentuaba tanto, que Golfín desdemediados de Julio
dejó de ir a la casa. D. Francisco, acompañado dePaquito, iba a la consulta dos veces
por semana. Como el doctor tenía sucasa en la calle del Arenal, poco trecho había que
recorrer. Los oscuroscristales de unas gafas oftálmicas, amén de una gran visera
verde,resguardaban sus ojos de la luz, Golfín, siempre amabilísimo con
elrecomendado de Su Majestad, le despachaba pronto. Estaba muy satisfechode su
cura, y elogiaba la excelente naturaleza del enfermo, vencedoradel mal en pocas
semanas. En la última de Julio anunció el oculista a sucliente que se marchaba a
principios de Agosto a dar una vuelta porAlemania. «Pero ya no necesita usted que yo
lo vea. Le doy de alta, ypor lo que pueda ocurrir, uno de mis ayudantes pasará por
aquí tres ocuatro veces mientras yo esté fuera». Bringas oyó con júbilo estadespedida
del concienzudo médico, indicio cierto de que el mal estabavencido. Llevado de su
honradez y delicadeza, rogó al doctor que antesde partir le pasase... «Ya usted me
entiende... la cuentecitade sus honorarios». Golfín se deshizo en cumplidos. «Tiempo
habrá...¿qué prisa tiene usted?... En fin, como usted quiera...». Y el graneconomista,
al salir con su hijo, pesaba en la balanza de su mente lostérminos de aquel enigma
aritmético que pronto se había de revelar. ¿Quétipo regulador o qué tarifa le aplicaría?
¿Le consideraría como pobre desolemnidad, como empleado alto, como rentista bajo
o como burguésvergonzante y pordiosero? A todas horas del día y de la noche
pensabaThiers en esto, y deseaba que la cuenta llegase para salir de suangustiosa
duda.
Desde que D. Francisco anunció a su esposa, que a principios de Agostoera
necesario pagar al médico, la pobre señora creyó más urgente lareposición de los
billetes sustraídos de la arqueta. Felizmente,Milagros le había dado poco más de la
mitad de lo que su deudaimportaba, con promesa de entregar el resto antes de
marcharse aBiarritz. «Las cosas se me van arreglando bien—le dijo—.
Seguramentetendré lo bastante para los compromisos de estos días, y aun creo
poderdejar a usted algo si lo necesita... No, no hay que agradecer... Es queno me hace
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