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La de Bringas

elcajero de la Intendencia, la oficina de su papá. Hablando, hablando,Vargas había
dicho a su papá: «Mi querido D. Francisco, el intendente hamandado que desde el
mes que entra no se le abone a usted más que lamitad del sueldo». Al oír esto, su
papaíto se había quedado más blancoque el papel, más blanco que la leche, más
blanco todavía, ¡y daba unossuspiros...! Hablando hablando, Vargas y su papá dijeron
también queiban a correr ríos de sangre, y que la llamada revolución venía
sinremedio. Su mamá entró en el gabinete cuando se despedía el tal Vargas,que era un
señor pequeño, tan pequeño como una pulga, y parecía queandaba a saltitos. Su mamá
y su papá habían vuelto a decirse cosas asícomo de enfado y a ponerse de vuelta
media... Él daba golpes en losbrazos del sillón, y ella daba vueltas por Gasparini.
Nunca había vistoella a sus papás tan enfurruñados. «Eres una gastadora...». «Y tú
unmezquino». «Contigo no es posible la economía ni el orden...». «Puescontigo no se
puede vivir...». «Qué sería de ti sin mí...». «Pues a míno me mereces tú...». ¡Válganos
Dios! Su mamá se había metido en elCamón llorando. Ella fue detrás y entró también
para consolarla; queríasubírsele a las rodillas, pero no podía. Su mamá era tan grande
comotodo el Palacio Real, más grande aún. Su mamá le había dadobesos. Después,
desenfadándose, había sacado un vestido, y luego otro, yotro, y muchas telas y cintas.
En esto entra su papá de repente en elCamón, sin venda, y su mamá da un grito de
miedo.
«Ya veo, señora, ya veo—dice su papá muy atufado—, que me ha traídousted aquí
una tienda de trapos...». Y su mamá, azorada con la cara muyencendida, no decía más
que: «yo... yo... verás...».
En esto, la pobre niña, llegando al período culminante de su delirio,sintió que
dentro de su cuerpo se oprimían extraños objetos y personas.Todo lo tenía ella en sí
misma, cual si se hubiera tragado medio mundo.En su estómago chiquito se
asentaban, teñidos de repugnantes y espesoscolores, obstruyéndola y apretándole
horriblemente las entrañas, supapá, su mamá, los vestidos de su mamá, el Camón, el
Palacio, el Sr. dePez, Milagros, Alfonsito, Vargas, Torres... Retorciose doloridamente
sucuerpo para desocuparse de aquella carga de cosas y personas que looprimía, y
¡bruumm...!, allá fue todo fuera como un torrente.
XXXV
Se sintió aliviada... libre de aquel espantoso hervor de su cerebro. Sumamá le
limpiaba el sudor de su frente, llamándola con palabrascariñosas. Había sentido
Rosalía sus quejidos, síntoma indudable de lapesadilla, y saltó de la cama para correr
en su socorro. Eran las doce.Hízole después una taza de té, y ayudada de Prudencia le
mudó lassábanas. A la media hora la pobre niña descansaba tranquila, y su mamáse
fue a dormir al sofá del gabinete, porque la cama despedía fuego.Antes quiso dar
parte a su marido de la desazón de la niña.
 
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