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La de Bringas

amenazadoras. Paquito estaba tendido sobre una esteraleyendo novelas y periódicos.
Alfonsín enredaba como de costumbre,insensible al calor, mas con los calzones
abiertos por delante y pordetrás, mostrando la carne sonrosada y sacando al fresco
todo lo quequisiera salir. Isabelita no soportaba la temperatura tan bien como
suhermano. Pálida, ojerosa y sin fuerzas para nada, se arrojaba sobre lassillas y en el
suelo, con una modorra calenturienta, desperezándose sincesar buscando los cuerpos
duros y fríos para restregarse contra ellos.Olvidada de sus muñecas, no tenía gusto
para nada; no hacíamás que observar lo que en su casa pasaba, que fue bastante
singularaquel día. Don Francisco dispuso que se hiciera un gazpacho para lacena. Él
lo sabía hacer mejor que nadie, y en otros tiempos se personabaen la cocina con las
mangas de la camisa recogidas, y hacía un gazpachotal que era cosa de chuparse los
dedos. Mas no pudiendo en aquellaocasión ir a la cocina, daba sus disposiciones
desde el gabinete.Isabelita era el telégrafo que las trasmitía, perezosa, y a cadainstante
iba y venía con estos partes culinarios: «Dice que piquéis doscebollas en la
ensaladera... que no pongáis más que un tomate, bienlimpio de sus pepitas... Dice que
cortéis bien los pedacitos de pan... yque pongáis poco ajo... Dice que no echéis mucha
agua y que haya másvinagre que aceite... Que pongáis dos pepinos si son pequeños, y
que leechéis también pimienta... así como medio dedal».
Por la noche la pobre niña tenía un apetito voraz, y aunque su papádecía que el
gazpacho no había quedado bien, a ella le gustó mucho, ytomose la ración más grande
que pudo. Cuando se acostó, la pesadez delsueño infantil impedíale sentir las
dificultades de la digestión deaquel fárrago que había introducido en su estómago. Sus
nervios seinsubordinaron y su cerebro, cual si estuviera comprimido entre dosfuerzas,
la acción congestiva del sueño y la acción nerviosa,empezó a funcionar con
extravagante viveza, reproduciendo todo lo quedurante el día había actuado en él por
conducto directo de los sentidos.En su horrorosa pesadilla, Isabel vio entrar a
Milagros y hablar ensecreto con su mamá. Las dos se metieron en el Camón, y allí
estuvieronun ratito contando dinero y charlando. Después vino el Sr. de Pez, queera
un señor antipático, así como un diablo, con patillas de azafrán yunos calzones
verdes. Él y su papá hablaron de política diciendo queunos pícaros muy grandes iban
a cortarles la cabeza a todas laspersonas, y que correría por Madrid un río de sangre.
El mismo río desangre envolvía poco después en ondas rojas, a su mamá y al propio
Sr.de Pez, cuando hablaban en la Saleta, ella diciendo que no iban ya a losbaños, y él:
«yo no puedo ya detenerme más, porque mis chicas están muyimpacientes». Después
el Sr. de Pez se ponía todo azul y echaba llamaspor los ojos, y al darle a la niña un
beso la quemaba. Luego habíacogido a Alfonsín y puéstole sobre sus rodillas
diciéndole: «Perohombre, no te da vergüenza de ir enseñando...». A lo que
Alfonsíncontestara pidiendo cuartos según su costumbre... Más tarde, cuandoningún
extraño quedaba en la casa, su papá se había puesto furioso porunas cosas que le
contestó su mamá. Su papá le había dicho: «eres unagastadora», y ella, muy enfadada
se había metido en elCamón... Después había entrado otra visita. Era el Sr. de Vargas,
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