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La de Bringas

gobernarse solo y pasar las horas sinsufrimiento, aunque privado de la vista, en su
sillón de Gasparini, yale había entrado como una hormiguilla de inspeccionar todo y
de disponery enterarse de las menudencias de la casa... Rosalía, por no oírle, ledejaba
solo con Paquito o con Isabelita la mayor parte del día, ypretextando ocupaciones, se
daba largas encerronas en el Camón, dondenuevamente empezó a funcionar Emilia en
medio de un mar de trapos ycintas, cuyas encrespadas olas llegaban hasta la puerta.
Pero el economista, impaciente por mostrar a cada instante su autoridad,mandábala
venir a su presencia, y allí, con ademanes ya que no conmiradas de juez inexorable,
hacía pública ostentación (solíaestar presente Torres o algún otro amigo) de su
soberanía doméstica.
«Me huele a guisote de azúcar. ¿Qué es esto? La niña me ha dicho que vioesta
mañana un gran paquete traído de la tienda... ¿Por qué no se me hadado cuenta de
esto?...».
Rosalía contestaba torpemente que aquel día comería en la casa el Sr. dePez y que
este huésped no debía ser tratado como Candidita, a quien sele daba de postre medio
bollo y dos higos pasados.
«Pero, hija, tú debes haber echado al fuego una arroba de canela... Estála casa
apestada... Si yo estuviera bueno, no se harían estas cosas así.Seguramente habrás
hecho natillas para un ejército... No se te ocurrenada. Con preguntar al cocinero cómo
se hacía tal o cual cosa, él te lohubiera mandado hecho... Y vamos a ver: ¿Qué ruido
de tijeretazos es eseque he sentido hoy todo el día?... Quisiera yo ver eso, y qué
faenastrae aquí esa holgazana de Emilia... ¿De qué se trata, de vestidos parala
marquesa? Es mucho cuento este que tengamos aquí taller de modistapara su
señoría... Y dime una cosa, ¿qué vestidos le has hecho a losniños, que ayer llamaban
la atención en la plaza de Oriente?».
—¡Llamando la atención!
—Sí, llamando la atención... por bien vestidos... Menos mal que sea poreso. Golfín
me dijo esta mañana: «He visto ayer en el Prado asus niños de usted tan elegantes...».
Fíjate bien, ¡tan elegantes!Créelo, hija mía, esta palabrilla me ha sabido muy mal y la
tengoatravesada. ¿Qué pensará de nosotros ese buen señor, cuando ve quenuestros
hijos salen por ahí hechos unos corderos de rifa, como los delas personas más ricas?...
Pensará cualquier disparate... Algo de estome figuraba yo, porque ayer, en un ratito
que desvendado estuve, vi quela niña tenía puestas unas medias encarnadas muy
finas. ¿De dónde hasalido eso?... Y ya que las tiene, ¿por qué no se las quita al entrar
encasa?... ¿Qué es esto? ¿Qué pasa aquí?... De ello nos ocuparemos cuandoyo vea
claro y sin dolor, que Dios quiera sea muy pronto.
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