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La de Bringas

yo sienta dartodos mis ahorros, si preciso fuera; pero ello es, hijita, que esteportento
nos va a dejar sin camisa».
Bien se les alcanzaba a entrambos, marido y mujer, que los especialistascélebres
tienen siempre en cuenta, al pedir sus honorarios, la fortunadel enfermo. A un rico, a
un potentado le abren en canal, esosí; pero cuando se trata de un triste empleado o de
cualquier persona dehumilde posición, se humanizan y saben adaptarse a la realidad.
Rosalíasupo de una familia (las de la Caña precisamente), a quien Golfín habíallevado
muy poco por la extirpación de un quiste, seguida de unacura lenta y difícil. Firme en
estas ideas de justicia distributiva,aplicada a la humanidad dolorida, el gran Thiers,
cuando Golfín estabapresente, no cesaba de aturdirle con bien estudiadas
lamentaciones de susuerte. El buen señor se lloraba tanto, que casi casi era como
pedir unalimosna: «¡Ay, Sr. D. Teodoro, toda mi vida le bendeciré a usted por elbien
que me hace, y más le bendigo a usted por mis hijos que por mí,pues los pobrecitos no
tendrán que comer si yo no tengo ojos con quever!... ¡Ay, D. Teodoro de mi alma...
cúreme pronto para que puedaponerme a trabajar, pues si esto dura, adiós familia!...
Estamos en unatraso horrible a causa de mi enfermedad. En la Intendencia me
hanrebajado el sueldo a la mitad, y como yo no vea pronto... ¡quéporvenir!... Y no lo
digo por mí. Poco me importa acabar mis días en unhospital; pero estos pobres
niños... estos pedazos de mi corazón...».
XXXIII
Mal concordaban estas ideas con las que Golfín tenía de la posición yarraigo de los
señores de Bringas, pues como había visto tantas veces ala feliz pareja en los teatros,
en los paseos y sitios públicos, muybien vestidos uno y otra; como además había visto
a Rosalía paseando encoche en la Castellana con la marquesa de Tellería, la de Fúcar
o la deSanta Bárbara, y aun creía haberla encontrado en alguna reuniónelegante,
compitiendo en galas y en tiesura con las personas de más altaalcurnia, suponía,
dando valor a estos signos sociales, que D. Franciscoera hombre de rentas, o por lo
menos, uno de esos funcionarios que sabenextraer de la política el jugo que en vano
quieren otros sacar de ladura y seca materia del trabajo. Pero aquel Golfín era un poco
inocenteen cosas del mundo, y como había pasado la mayor parte de su vida en
elextranjero, conocía mal nuestras costumbres y esta especialidad delvivir madrileño,
que en otra parte se llamarían Misterios,pero que aquí no son misterio para nadie.
A medida que Bringas iba entrando en caja, advertía su mujer que sedebilitaban
aquellos raptos de cariño conyugal que tan vivamente leatacaron en los días lúgubres
de su enfermedad. Observaba ella que talesexageraciones de cariño se avenían mal
con la esperanza de remedio, yque cuando esta llevaba la ventaja sobre el desánimo,
el niño senil,llorón y soboncito recobraba las condiciones viriles de su carácterreal.
Por de contado, aquello de tú serás la señora de la casa y yo elesclavo resultó ser
jarabe de pico, mimitos de enfermo impertinente.Desde que mi hombre pudo
 
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