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La de Bringas

El cual, llevándola ala ventana, a la hora del crepúsculo, para admirar la gala y
melancolíadel horizonte, habíale dicho en términos muy claros lo que a la letra
secopia:
«Si por algún motivo, sea por los gastos de la enfermedad de esteseñor, o porque
usted no pueda nivelar bien su presupuesto; si poralgún motivo, digo, se ve usted
envuelta en dificultades, no tiene másque hacerme una indicación, bien verbalmente,
bien por medio de unaesquela, y al instante yo... No, si esto no tiene nada de
particular...Perdone usted que lo manifieste de una manera cruda, de una
manerabrutal, de una manera quizás poco delicada. Tales cosas nopueden tratarse de
otro modo. Esto queda de usted para mí, y el primeroque lo ha de ignorar es Bringas...
En el seno de la confianza, de laamistad honrada y pura, yo puedo ofrecer lo que me
sobra y usted aceptarlo que le falta sin menoscabo de la dignidad de ninguno de los
dos».
Siguieron a esto frases de un orden más romántico que financiero, en lascuales el
desgraciado señor expresó una vez más el consuelo queexperimentaba su alma
dolorida respirando la atmósfera de aquella casa,y descargando el fardo de sus penas
en la indulgente persona que ocupabaya el primer lugar en su corazón y en sus
pensamientos. Rosalía seretiró de la ventana con la cabeza trastornada. De buena gana
se habríaestado allí un par de horas más oyendo aquellas retóricas que, a sujuicio,
eran como atrasadas deudas de homenaje que el mundo tenía quesaldar con ella.
Algunos días trascurrieron sin que Bringas advirtiera mudanza sensibleen su
dolencia. Golfín le martirizaba cruelmente tres veces por semana,pasándole por los
párpados un pincel mojado en nitrato de plata, despuésotro pincel humedecido en una
solución de sal común. Nuestro amigo veíalas estrellas con esto, y necesitaba de todas
las fuerzas de su espírituy de toda su dignidad de hombre para no ponerse a berrear
como unchiquillo. Con la aplicación de unas compresas de agua fría,su dolor se
calmaba. Algún tiempo después de la quema sentía relativobienestar, y se creía mejor
y alababa a Golfín ampulosamente. Pasadosdiez o doce días con este sistema, el sabio
oculista aseguraba que entodo Agosto estaría el buen señor muy mejorado, y que en
Setiembre lacuración sería completa y radical. Tanta fe tenía el enfermo en
laspalabras de aquel insigne maestro, que no dudaba de la veracidad delpronóstico.
Después del 20, la cauterización, que se hacía ya consulfato de cobre, era menos
dolorosa, y el enfermo podía estar algunosratos sin venda en la habitación más oscura,
pero sin fijar la atenciónen objeto alguno.
Las hiperbólicas alabanzas que D. Francisco hacía de Golfín la llevabancomo por la
mano a otro orden de ideas, y arrugando el ceño, ponía carade pocos amigos.
«Cuando pienso en la cuentecita que me va a poner estaSanta Lucía con gabán—
decía—, me tiemblan las carnes. Él me curará losde la cara, pero me sacará un ojo del
bolsillo... No es que yo escatime,tratándose del precioso tesoro de la vista; no es que
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