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La de Bringas

quese pasan en esas casas donde se gasta siempre más de lo que se tiene.Eso hay que
verlo de cerca y pasarlo y sentirlo para conocerlo bien».
Ello es que Rosalía, con la agravación del mal de su marido se acercabamoral y
mentalmente a él, apretando los lazos matrimoniales.La atracción de la desgracia
obraba este prodigio, y el hábito decompartir todo el contingente de la vida, así en lo
adverso como en loventuroso. ¡Y con qué celo le cuidaba! ¡Qué manos las suyas tan
sutilespara curar! ¡Con qué gracia y arte derramaba el bálsamo de palabrastiernas
sobre el espíritu del enfermo! Él estaba tan agradecido, que nocesaba de alabar a Dios
por el bien que le concedía, inspirando a sucompañera aquel admirable sentimiento
del deber conyugal. Alegríasíntimas endulzaban su pena y penetrado de religioso
ardor, considerabaque los cuidados de su mujer eran fiel expresión de la
asistenciadivina. Sólo estaba abatido cuando ella, por razón de sus quehaceres,
seapartaba de su lado; y a cada instante la llamaba para la menor cosa,rogándole que
abreviase lo más posible sus ocupaciones para consagrarsea él.
En todo este tiempo, Rosalía dio de mano a las galas suntuarias. Notenía tiempo ni
tranquilidad de espíritu para pensar en trapos. Estosyacían sepultos en los cajones de
las cómodas, esperando ocasión máspropicia de mostrarse. Ni se le ocurría a ella
componerse... ¡Buenosestaban los tiempos para pensar en perifollos! ¿Era hastío
verdadero dellujo o abnegación? Algo había de una y de otra cosa. Si era
abnegación,esta llegaba al extremo de presentarse delante del Sr. de Pezcon el
empaque casero más prosaico que se podría imaginar. La únicapresunción que
conservaba era la de llevar siempre su mejor corsé paraque no se le desbaratase el
cuerpo. Pero su peinado era primitivo, y ensu bata se podían estudiar por inducción
todas las incidencias delgobierno de una casa pobre. Una tarde había dicho a D.
Manuel: «No memire usted. Estoy hecha un espantajo». Y él le había contestado:
«Así, yde todas maneras, siempre está usted preciosa», galantería que ellaagradeció
mucho.
La debilidad del cuerpo trae necesariamente flojedades lamentables alcarácter más
entero. Una enfermedad prolongada remeda en el hombre losefectos de la vejez,
asimilándole a los niños, y el buen Bringas no selibró de este achaque físico-moral. El
abatimiento encendía en élardores de ternura, y la ternura se traducía en cierto
entusiasmomimoso.
«Hijita, no me digas que eres mujer. Yo te digo que eres un ángel...Mira, hasta
ahora no se ha hecho en la casa más voluntad que la mía. Hassido una esclava. De hoy
en adelante no se hará más que tu voluntad. Elesclavo seré yo».
El primer día de lo que llamaremos el reinado de Golfín, D. Francisco sehizo traer a
la cama la caja del dinero, para sacar por sí mismo, comode costumbre, el del gasto
diario. Pero bien pronto aquella ternuramimosa, o más bien pueril pasividad de que
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