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La de Bringas

Inaugurose con esto una vida tristísima para el infeliz Thiers. Ya no levalió quitarse
la venda, pues apenas veía gota, y le daba tanta pena,que se volvió a las tinieblas, en
las cuales su único consuelo erarecordar las palabras de Golfín y aquella promesa
celestial con que sedespedía: «Usted verá, usted verá lo que nunca ha visto»,
queriendoponderar así la plenitud de la facultad preciosa que estimamos sobretodas
las demás de nuestro cuerpo. ¡Ver!... ¿Pero cuándo, Dios poderoso;cuándo, Santa
Lucía bendita? Paciencia no le faltaba al pobre hombre,que en aquella situación
inclinó con ardor su espíritu hacia lacontemplación religiosa, y se pasaba parte de las
solitarias horasrezando. Su mujer no se separaba de él sino cuando alguna
visitaimportuna lo obligaba a ello, cuando Milagros entraba con aire afligido,y
llamándola aparte, me la obsequiaba con un par de lágrimas o dezalameras caricias...
Ya no había que pensar en baños, a menosque no se restableciese Bringas para los
primeros días de Agosto, locual no parecía probable.
Pez era de los amigos más constantes en aquella tribulación de lahonrada familia.
Una tarde que pudo hablar a solas con Rosalía enGasparini, esta le dijo: «Entramos
ahora en una época de dificultades,de la cual no sé cómo vamos a salir». A lo que D.
Manuel contestó con unarranque quijotesco, ofreciéndose a ayudarla en todas
aquellasdificultades, de cualquier clase que fuesen. Este noble pensamientopenetraba
en el espíritu de la dama como un rayo de luz celestial. Yapodía contar con algún
sostén en las borrascas que su vida ulterior letrajese. Ya había tras ella un lugar de
retirada, una reserva paracualquier caso crítico... Ya veía cerca de sí un brazo, un
escudo... Lavida se le ofrecía más llana, más abierta... «Yo cuidaré—pensaba—,
deque esta amistad y mi honradez no sean incompatibles».
XXXI
Viendo a su esposo tan decaído y maltrecho se reverdeció en Rosalía elcariño de
otros tiempos; y el aprecio en que siempre le tenía depurábasede caprichosas
malquerencias para resurgir grande y cordial,tocando en veneración. Agasajaba en su
pensamiento la vanidosa dama albuen compañero de su vida durante tantos años, el
cual, si no le habíaproporcionado satisfacciones muy vivas del amor propio, tampoco
le habíadado disgustos. Recordaba entonces aquella existencia matrimonialprosaica y
tranquila, llena de escaseces y de goces sencillos, que siaisladamente parecían de
poco valor, apreciados en total ofrecían a lamemoria un conjunto agradable. Al lado
de Bringas no había gozado ellani comodidades, ni representación, ni placeres, ni
grandeza, ni lujo,nada de lo que le correspondía por derecho de su hermosura y de su
sergenuinamente aristocrático; pero en cambio, ¡qué sosiego y qué dulcecorrer de los
días, sin ahogos ni trampas, ni acreedores! No deber nadaa nadie era el gran principio
de aquel hombre pedestre, y con él fuerontan cursis como honrados y tan pobretes
como felices. Seguramente, si aella le hubiera tocado un hombre como Pez, estaría en
posición másbrillante... «Pero Dios sabe—pensó muy cuerdamente—, las agonías
 
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