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La de Bringas

Poco faltó para que lo hiciera como lo decía. Un rato después, Milagroslisonjeaba
con charla pintoresca la pasión dinástica de Bringas, y pedíapara los generales, no una
muerte, sino cien muertes, y para todos losque conspirasen el cadalso. Con estas cosas
se animaba mucho el enfermo;pero ¡ay!, que el día siguiente había de ser de los más
negros de suvida. ¡Pobre señor!, después de haber pasado la noche muy
inquieto,observó por la mañana una pérdida casi absoluta de la facultad de ver.El
médico estaba tan aturdido, que ni aun acertó con las fórmulasescurridizas que ellos
emplean cuando no quieren confesarse vencidos.Pero hombre de conciencia, supo al
fin abdicar su autoridad antes deproducir mayores males, diciendo: «Es preciso que le
vea a usted unoculista. Que le vea a usted Golfín».
D. Francisco creyó que se le caía el cielo encima. Sin duda su mal eragrave.
Vencida por el temor la avaricia, no pensó en poner reparo aldictamen de su médico y
de toda la familia. Consternados todos, fiabanen la prodigiosa ciencia del más
afamado curador de ojos que teníaEspaña. Acordose no dilatar la consulta ni un solo
día, ni una hora.
¡Ah, Golfín!... Bringas le conocía. Era hombre del cual se contabanmaravillas. A
muchos ciegos desahuciados había dado vista. En Américasdel Sur y del Norte había
ganado dinerales, y en España no se descuidabatampoco en esto. ¡Vaya una hormiga!
Por batir unas cataratas al marquésde Castro había llevado diez y ocho mil reales, y
por la cura de unaconjuntivitis del niño de Cucúrbitas, había puesto una cuenta tal,
quelos Cucúrbitas, para pagarla, se empeñaron por seis años. «Pero, en fin,Dios nos
asista, y salgamos con bien de esta. Cúreme el tal Golfín, yque me deje en los puros
cueros...». Discurriose luego sobre si iría elenfermo a la consulta o harían venir a casa
al oculista, decidiéndoseBringas por lo primero, que era lo más barato.
«Paquito y yo nos metemos en un coche, y allá...».
—No, que no estás para salir a la calle. Él vendrá.
—Que no viene, mujer. Estos potentados de la ciencia no se mueven de sucasa más
que para visitar a príncipes o gente de muchísimo dinero.
—Te digo que vendrá. Voy abajo. Su Majestad le pondrá cuatro letras...
—Eso me parece acertadísimo. Y si la Señora quiere añadir que se tratade un
pobre... mejor que mejor. Dios te bendiga, hijita.
Y vino Golfín y le vio, y con su ruda bondad infundiole ánimos y laesperanza que
comenzaba a perder. La dolencia no era grave; pero lacuración sería lenta. «Paciencia,
muchísima paciencia, y cumplimientoexacto, escrupulosísimo de lo que yo prescriba.
Hay un poco deconjuntivitis, que es preciso combatir con prontitud y energía».
¡Pobre, desgraciado Bringas! Por de pronto, cama, dieta, quietud,atropina.
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