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La de Bringas

tal viviese y tuviera salud; la esposa fiel seguiría a sulado, haciendo su papel con
aquella destreza que le habían dado tantosaños de hipocresía. Pero para sí anhelaba
ardientemente algo más quevida y salad; deseaba un poco, un poquito siquiera de lo
que nunca habíatenido, libertad, y salir, aunque solo fuera por modo figurado,
deaquella estrechez vergonzante. Porque, lo decía con sinceridad,envidiaba a los
mendigos, pues estos, el ochavo que tienen lo gozan conlibertad, mientras que ella...
Venciola el sueño. Ni aun sintió el peso de Bringas inclinando elcolchón. Al
despertar, el primer pensamiento de la ilustre dama fue paralos candelabros
prisioneros.
—¿Qué tal te encuentras?
—Me parece—dijo el esposo dando un gran suspiro—, que no voy tan biencomo
esperaba. Estoy desvelado desde las cuatro. He oído todas lashoras, las medias y los
cuartos. Siento escozor, dolor, y la idea derecibir la luz en los ojos me horroriza.
Pasose la mañana en gran incertidumbre hasta que vino el doctor. Este semostró
descorazonado y un tanto perplejo, titubeando en las razonesmédicas con que explicar
el retroceso de la enfermedad del pobre Thiers.¿Era resultado de un poco de exceso en
la comida...? ¿Era un efecto dela belladona y desaparecería atenuando la medicación?
¿Era...? En unapalabra, convenía volver al reposo, no impacientarse,
resguardarabsolutamente los ojos de la luz, y ya que no se resignaba a permaneceren
la cama, no debía moverse del sillón ni ocuparse de nada ni tenertertulia en el cuarto...
La tristeza con que mi buen amigo oyó estasprescripciones no es para dicha. ¿Ves,
ves?—le dijo su esposa hinchandodesmedidamente la nariz—. Ahí tienes lo que sacas
de hacer gracias, dequerer curarte en dos días. Te lo vengo diciendo, y tú... Si eres
unchiquillo...
Abatidísimo, el desdichado señor no decía una palabra. Todo el díaestuvo en el
sillón, con las manos cruzadas, volteando los pulgares unosobre otro. Su mujer y su
hijo le confortaban con palabras cariñosas,más él no se daba a partido, y su dolor
cómo que se exacerbaba con lospaliativos verbales. Por la tarde, el inteligente Pez,
hablando conRosalía del asunto, dijo con mucho tino:
—Yo no sé cómo desde el primer día no llamaron ustedes a un oculista...Este buen
señor (por el médico) me parece a mí que entiendo tanto deojos como un topo.
—Lo mismo he dicho yo—replicó la dama, queriendo expresar conelocuente mohín
y alzamiento de hombros la sordidez de su marido—. Perováyale usted a Bringas con
esas ideas. Dice que no, que los oculistas novan más que a coger dinero... Y no es que
a él le falte. Tiene suseconomías... pero no se decidirá a gastarlas por su salud sino en
elúltimo trance, cuando ya la enfermedad le diga: «La bolsa o la vista».
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