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La de Bringas

de dar jaqueca al gallo de laPasión con la cantinela de sus lamentaciones. Ya eran
tantas suscalamidades que Job se quedaba tamañito.
—En fin, hija, acuestate, para que descanses de toda esa monserga... Espreciso oír
con paciencia todo lo que Pez nos quiera contar, porque...ya ves lo que dice. Somos
su paño de lágrimas, y aquí viene el pobre adesahogar sus penas.
Hizo al fin Rosalía lo que su esposo le ordenaba. Levantados losmanteles, se
apagaron las luces, y encargado Paquito de dar a su papálas medicinas que tomaba
más tarde, la cabeza de la ilustre dama buscódescanso en las almohadas. El sueño, no
obstante, vino tarde, tras unlargo rato de cavilación congestiva.
XXIX
Los candelabros de plata... el peligro de que su marido descubriesepronto que
habían hecho un viaje a Peñaranda de Bracamonte... el mediode evitar esto... el señor
de Pez, su ideal... ¡Oh, qué hombretan extraordinario y fascinador! ¡Qué elevación de
miras, quésuperioridad!... Con decir que era capaz, si le dejaban, de organizar
unsistema administrativo con ochenta y cuatro Direcciones generales, estádicho lo
que podía dar de sí aquella soberana cabeza... ¡Y qué finura ydistinción de modales,
qué generosidad caballeresca!... Seguramente, siella se veía en cualquier ahogo,
acudiría Pez a auxiliarla con aquelladelicadeza galante que Bringas no conocía ni
había mostrado jamás enningún tiempo, ni aun cuando fue su pretendiente, ni en los
días de laluna de miel, pasados en Navalcarnero... ¡Qué tinte tan ordinario habíatenido
siempre su vida toda! Hasta el pueblo elegido para lainauguración matrimonial era
horriblemente inculto, antipático ycontrario a toda idea de buen tono... Bien se
acordaba la dama de aquellugarón, de aquella posada en que no había ni una silla
cómoda en quesentarse, de aquel olor a ganado y a paja, de aquel vino sabiendo a
pezy aquellas chuletas sabiendo a cuero... Luego el pedestre Bringas no lehablaba más
que de cosas vulgares. En Madrid, el día antes de casarse,no fue hombre para gastarse
seis cuartos en un ramo de rositas deolor... En Navalcarnero le había regalado un
botijito, y la llevaba apasear por los trigos, permitiéndose coger amapolas, que se
deshojabanen seguida. A ella le gustaba muy poco el campo y lo único quese lo
habría hecho tolerable era la caza; pero Bringas se asustaba delos tiros, y habiéndole
llevado en cierta ocasión el alcalde a unacampaña venatoria, por poco mata al propio
alcalde. Era hombre de tanmala puntería que no daba ni al viento... De vuelta en
Madrid, habíaempezado aquella vida matrimonial reglamentada, oprimida, compuesta
deestrecheces y fingimientos, una comedia doméstica de día y de noche,entre el
metódico y rutinario correr de los ochavos y las horas. Ella,sometida a hombre tan
vulgar, había llegado a aprender su frío papel ylo representaba como una máquina sin
darse cuenta de lo que hacía. Aquelmuñeco hízola madre de cuatro hijos, uno de los
cuales había muerto enla lactancia. Ella les quería entrañablemente, y gracias a esto,
ibacreciendo el vivo aprecio que el muñeco había llegado a inspirarle...Deseaba que el
 
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