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La de Bringas

—¿Qué baños?... yo no voy a baños—aseguró Thiers dejándose poner lavenda por
las autorizadas manos del médico—. No los necesito. No mevengan con papas.
—Eso lo veremos—manifestó el doctor con bondad—. Ahora a la cárcelotra vez.
No se me escape usted antes de tiempo, que podría suceder quela prisión se alargase
más de lo regular. Vamos muy bien, vamos muybien, y llegaremos si seguimos
despacio.
La luz crepuscular con la cual nuestro querido Thiers había tenido elgusto inmenso
de probar el restablecimiento de sus funciones ópticas, sedesvanecía lentamente. Por
fin, la habitación se alumbraba sólo con elresplandor que el sol había dejado en el
cielo detrás de la Casa deCampo, y aquel era tan fuerte como el llamear de un
incendio. Rosalíaquiso encender luz, pero Bringas saltó vivamente con la observación
deque la luz no hacía falta para nada... «Eso es, lamparita para que nosasemos de
calor... Dispense usted, Sr. D. Manuel; pero me parece queestamos mejor a oscuras...
Paquito, abre toda la ventana. Que entre elaire, aire, aire...».
Poco después, Bringas, cansado de oír las anécdotasuniversitarias que su hijito le
contaba, dijo en voz alta: «Sr. dePez... ¿No está?».
«No está»—observó Paquito.
—¡Rosalía!
—¡Mamá!—gritó el joven llamando.
Poco después apareció Rosalía. Su majestuosa figura, fantasma blanco enmedio de
la sombra, traía como un misterio teatral a la solitariahabitación en que el padre y el
hijo estaban, rodeados de tinieblas einvisibles.
«¿Se ha marchado D. Manuel?».
—No, está en el balcón de la Saleta, contemplando... siento que no lopuedas ver...
contemplando el resplandor que ha dejado el sol haciaPoniente... Es como si se
estuviera quemando medio mundo.
—Ve, no le dejes solo... Hoy le hice una pequeña indicación acerca delascenso del
niño, y me parece que no lo ha tomado mal. Dijo un veremosque me ha olido a ...
¡Ah!, no olvides que a las nueve menos cuartohemos de cenar.
A dicha hora despidiose Pez, y Rosalía, trocando su galana bata por otrade trapillo
y sus zapatos bajos por unas zapatillas de suela de cáñamo,empezó a disponer la cena.
Quejábase de un fuerte dolor de cabeza y notomaría más que un poco de menestra. Su
marido le rogaba que serecogiera; más ella «tenía harto que hacer para acostarse
tantemprano...». ¡Ay!, la tertulia de doña Tula y aquel charla que techarla de Pez y
Serafinita, habíanle puesto su cabeza como unbombo... Luego el D. Manuel era capaz
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