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La de Bringas

Rosalía pasaba a la vivienda de Doña Tula, y rara vez faltaba Pez alchocolate de las
seis y media.. Allí se encontraban otras personas muycalificadas de la ciudad, como la
hermana del intendente, un señorcapellán a veces, el oficial segundo de la
mayordomía, el inspectorgeneral, el médico y otros. Milagros no ponía nunca los pies
en la casade su hermana, pues hacía algún tiempo que no se trataban. Hablando dela
marquesa, solía doña Tula designarla con alguna reticencia; pero sinpasar de aquí.
María estaba casi siempre, y todos se encantaban conella, mimándola. La de Bringas
hacía allí público alarde de su vestidomozambique y Cándida lucía el suyo de gro
negro, único que conservabaen buen estado. Ocioso será decir que hallándose
presente el Sr. de Pez,ningún otro mortal podía atreverse a levantar el gallo en
unaconversación de política o sobre cualquier asunto de sustancia. Por miparte
confieso que el modo de hablar de aquel señor tan guapín y depalabras tan bien
medidas, ejercía no sé qué acción narcótica sobre misnervios. Lo mismo era ponerse
él a explicar el por qué de suconsecuencia con el partido moderado, ya me parecía que
un dulce beleñose derramaba en mi cerebro, y el sillón de doña Tula, acariciándome
ensus calientes brazos, me convidaba a dormir la siesta. La cortesía, noobstante,
obligábame a luchar con el maldito sueño, de lo que resultabaun estado semejante al
que los médicos llaman coma vigil, un ver sinver, transición de imagen a fantasma, un
oír sin oír, mezcla de son yzumbido. La pintoresca habitación, que a causa del calor
estaba mediocerrada y en la sombra; la luz que entraba filtrada por la tela de
lostrasparentes, iluminando con tropical coloración las enormes flores deestos; el tono
bajo de tapiz descolorido que tenían todas los cosas enaquella soñolienta cavidad; los
ligeros carraspeos de doña Cándida y susbostezos, discretamente tapados con la
palma de la mano; la hermosura deMaría Sudre que no parecía cosa de este mundo; el
mozambique deRosalía con pintitas que mareaban la vista, y finalmente el lentoarrullo
de las mecedoras y el chis chas de los abanicos de cinco oseis damas, eran otros
tantos agentes letárgicos en micerebro. Como brillaban las lentejuelas de algunos
abanicos, asírelucían los conceptos uno tras otro... El verano se anticipaba aquelaño y
sería muy cruel... Los generales habían llegado a Canarias... Primestaba en Vichy...
La Reina iría a la Granja y después a Lequeitio... Seempezaban a llevar las colas algo
recogidas, y para baños las colasestaban ya proscritas... González Bravo estaba malo
del estómago...Cabrera había ido a ver al Niño terso...
Últimamente se destacaba la voz de Pez, de un tono íntimamenterelacionado con su
áureo bigote, que por la igualdad de los pelosparecía artificial, y el efecto narcótico
crecía... El tal no podía versin amarga tristeza la situación a que habían llegado las
cosas porculpa de unos y otros... La revolución con su todo o nada y losmoderados
con su non possumus ponían al país al borde de la pendiente,al borde del abismo, al
borde del precipicio. Estaba el buen señordesilusionado, y no creía que hubiera ya
remedio para el mal. Este eraun país de perdición, un país de aventuras, un país
dividido entre laconspiración y la resistencia. Así no podía haber progreso ni
adelanto,ni mejoras, ni tampoco administración. Él lo estaba diciendo siempre:«más
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