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La de Bringas

la miraba de soslayo y no pudo menos de pasmarse deaquel pelo de cabra de un color
tan original y bonito, y delaspecto decentísimo de la joven, bien enguantada y mejor
calzada. «Esgraciosilla»—dijo para sí; y se quedó con ganas de preguntarle
dóndehabía comprado el pelo de cabra... Quizás Amparito se lo había mandadode
Burdeos. ¡Luego llevaba un alfiler de pecho tan chic...! ¡Cómo sele fueron los ojos
tras él a Rosalía!».
«¿Y tú qué te haces?»—le preguntó D. Francisco volviendo hacia ella elrostro, cual
si la pudiera ver al través de la negra venda.
—¿Yo?...—replicó la Sánchez un poco desconcertada al pronto, perorecobrándose
con la mayor viveza—. Pues nada, ahora no trabajo. Estoyun poco delicada; me duele
el pecho; a veces me cuesta trabajo respirary paso algunas noches sin dormir. ¿Sabe
usted?, desde que me acuesto,parece que se me pone una piedra aquí... Mi hermana
me manda lo quenecesito para pasarlo desahogadamente y con descanso. Vivo con
unasseñoras muy decentes, que me quieren mucho. Hago una vida muyretirada... Pues
como iba diciendo a usted, mi hermana quiere que meocupe en algo. Como no puedo
trabajar de aguja ni en máquina, Amparo seempeña en que ponga un establecimiento
de modas, y para empezar me hamandado un cajón grandísimo de sombreros, fichús,
pamelas, lazos,corbatitas, camisetitas... preciosidades. En Madrid no se han
vistonunca cosas de tanta novedad y buen gusto. También he recibidocasquetes de
paja y tela, cintas de mil clases, plumas, marabús,egretas, penachos, amazonas,
toques, alones, colibrises, esprís, ycuanto Dios crió. Estoy haciendo ensayos a ver que
tal me compongo... Yahe buscado algunas parroquianas de la grandeza, y han ido a mi
casamuchas señoras... Todas encantadas de lo que tengo. He mandado hacerunas
tarjetitas...
Diciéndolo, sacó del bolsillo una para darla a Rosalía, quien con maldesarrugado
ceño la tomó, dignándose agraciar a la joven con una sonrisabenévola, la primera que
Refugio había visto en aquellos desdeñososlabios. Y mientras la joven calípiga
continuaba encareciendo losprimores de aquella industria en que se había metido, la
Bringas oíalacon algún interés, perdonando quizás el vilipendio de la persona por
laexcelsitud del asunto que trataba. Así como el Espíritu Santo bajando alos labios del
pecador arrepentido, puede santificar a este, Refugio, alos ojos de su ilustre pariente,
se redimía por la divinidad de sudiscurso.
«¿Con que moditas?—dijo D. Francisco chanceándose—. ¡Bonito negocio!¡Vaya
unos micos que te van a dar tus parroquianas! Aquí el lujo está enrazón inversa del
dinero con que pagarlo. Mucho ojo, niña... Se mefigura que si tu hermanita no te
manda con qué vivir, lo que es con eltrapo nuevo te comerás los codos de hambre...
¿Y vienes asonsacarnos para que seamos tus parroquianos? Chica, por Dios, toca,toca
a otra puerta... Tu industria es la ruina de las familias y elnoviciado de San
Bernardino. Pero te deseo buena suerte, y te recomiendoque no tengas entrañas, si
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