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La de Bringas

Todo esto lo aprobaba Pez con frase no ya decidida sino vehemente, yllegó a
indignarse, increpando duramente a su amigo por mezquindad tancontraria a las
exigencias sociales... «Ese hombre no conoce que supropia dignidad, que su propio
decoro, que su propio interés... ¿Cómo hade hacer carrera un hombre semejante, un
hombre que así discurre, unhombre que de este modo procede?...». Rosalía se
extendió aún más en elterreno de las confidencias, no callando las agonías que pasaba
paraocultar a Bringas las pequeñas compras que se veía obligada a hacer...«A veces,
no sabe usted lo que padezco; tengo que mentir, tengo queinventar historias...». Tan
caballero era Pez y tan noble, que despuésde compadecer a su amiga con toda el alma,
se brindó a prestarle sudesinteresada ayuda si por las incalificables sordideces de
Bringas seveía ella en cualquier situación difícil... «O hay amistad entre losdos, o no
la hay; o hay franqueza, o no. Ello quedaría entre usted yyo... ¡Cómo consentir que
usted... con tanto valer, tantomérito, con una figura como hay pocas, deje de lucir...!».
Y siguió tal diluvio de elogios, que Rosalía se abanicaba más paraatenuar el
vivísimo calor que a su epidermis salía. Su bonita nariz defacetas se hinchaba, se
hinchaba hasta reventar... «Voy a darle elrefresco... son las siete»—dijo de súbito.
También ella debía tomarlo,que bien lo necesitaba.
Con las seguridades que dio el médico al siguiente día, se pusierontodos muy
contentos. Oyéronse de nuevo risas en la casa, y el pacientemismo, recobrando sus
ánimos, despedía chispas de impaciencia yvivacidad. «La semana que entra—había
dicho el doctor—, le quitaremosa usted el trapo. Eso va muy bien. Para la otra semana
no tendrá ustedsino ligeras alteraciones en la visión, y podrá salir a la calle
conespejuelos oscuros. Absteniéndose durante el verano de todo trabajo enque se
canse la vista, para el otoño volverá usted a su oficina y a lasocupaciones ordinarias,
renunciando para siempre a jugar con pelos...Los trabajos mecánicos que afectan al
sistema muscular le sentarán bien,como la carpintería, por ejemplo, la tornería,
labores campestres...Pero nada de menudencias». Muy mal gesto puso Bringas
cuando el médicoagregó a esto la indicación de tomar las aguas de Cestona. Hubo
aquellode «patraña; en otros tiempos nadie tomaba baños y moría menosgente» y lo
de que «los baños son un pretexto para gastar dinero y lucirlas señoras sus
arrumacos...». A lo que el viejo Galeno contestó con unaapología vehemente de la
medicación hidropática... «Sea lo que quiera,hijito—declaró Rosalía, con más
elocuencia en las ventanillas de lanariz que en los labios—; el médico lo manda y
basta... ¿Que espatraña?... Eso no es cuenta tuya. En estos casos debe hacerse todo
paraque no quede el desconsuelo de no haberlo hecho si te pones peor... Elclima de
las provincias en verano te acabará de reponer. ¡Oh!, lo que espor mí, aquí me
quedaría, pues el viajar, más es molestia que otra cosa;pero los niños (Acentuando la
afirmación con enfáticos ademanes.) nopueden pasarse un año más sin los baños de
mar».
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