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La de Bringas

«Si es usted elegantísima... si cuanto usted se pone resultamaravilloso. La verdad,
no es porque sea usted mi amiga... A todo elmundo lo digo: si usted quisiera, no
tendría rival. ¡Qué cuerpo!, ¡quécaída de hombros! Francamente, usted, siempre que
se quiere vestir,oscurece cuanto se le pone al lado».
—Que a Rosalía se le caía la baba con esta adulación, no hay para quédecirlo. Era
una estupidez que persona de tal mérito tuviera queesconder su buena ropa, ponérsela
a hurtadillas e inventar mil mentiraspara justificar el uso de diversas prendas que
parecían ajustadas a suhermoso cuerpo por los mismos ángeles de la moda. Al
quitarse aquellasgalas delante de su amiga, pensaba en el tremendo problema
deexplicar al marido la adquisición de ellas, cuando no tuviera másremedio que
lucirlas ante sus ojos o no lucirlas.
Milagros no se despidió sin repetir con amaneramiento compungido susahogos y el
remedio que solicitaba. Por fin, Rosalía confortó suespíritu con un veremos, y el
rostro de la Tellería iluminose con unchispazo de alegría.
«Mañana—dijo ya en la puerta—, le mandaré aquella blonda que legustaba a usted
tanto... No, no me lo agradezca... Yo soy la que tieneque agradecer, y si usted me saca
del pantano... (Estampándole dossonoros y sentimentales besos.) gratitud eterna...
Adiós».
Por aquellos días volvió de Archena D. Manuel Pez, contento de lo bienque le
habían sentado las aguas, con buen color, mejor apetito y ánimospara todo. Su
primera visita fue para Bringas, de cuya enfermedad habíatenido noticia en los baños,
y le animó mucho y se brindó a acompañarlepor mañana, tarde y noche, dedicándole
todo el tiempo que sus quehaceresle dejaban libre. Cumplió esto al pie de la letra, y su
presencia en lacasa llegó a ser tan reglamentaria, que cuando no iba parecía
quefaltaba algo. A ratos entretenía al enfermo con los sucesos políticos,contándole
mil chuscadas; pero tenía cuidado de no ponderar los peligrosdel Trono ni el mal
curso que tomaban las cosas, pues mi D.Francisco, en cuanto oía hablar de la llamada
revolución, se poníatristísimo y daba unos suspiros que partían el alma. Cuando había
otrosacompañantes en Gasparini, o cuando se consideraba perjudicial laconversación
muy prolongada, Pez se iba a la Saleta o a Embajadores,donde Rosalía, hallándole al
paso, cambiaba algunas palabras con él.Notaba la dama en su amigo un mudo y
ceremonioso respeto, y lasgalanterías con que la obsequiaba eran siempre
caballerescas y de estiloun tanto rebuscado. Ella le correspondía con sentimientos de
admiración,de una pureza intachable, porque Pez se agigantaba más cada día a
susojos, como tipo del personaje oficial, del alto empleado, fastuoso ycortesano. En la
mente de la Pipaón, ningún ideal de hombre podía sercompleto sin estar bañado en la
dorada atmósfera de una nómina. Si Pezno hubiera sido empleado, habría perdido
mucho a sus ojos, acostumbradosa ver el mundo como si todo él fuera una oficina y
no se conocieranotros medios de vivir que los del presupuesto. Luego aquel
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