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La de Bringas

Una semana trascurrió desde el día de San Antonio, tristísima fecha enla casa, sin
que el enfermo adelantara gran cosa. No estaba mejor, bienes verdad que tampoco
había empeorado, lo cual al fin y al cabo, siemprees un consuelo. No había duda
alguna de que las funciones ópticas seconservaban intactas, es decir, que D. Francisco
veía; mas era tanpenosa la impresión de la luz en sus ojos, que si por un instante
selevantaba la venda, los crueles dolores y el ardor vivísimo que sentíaobligábanle a
ponérsela otra vez. Su mujer le cuidaba con un esmero yatención dignos del mayor
elogio. Ella le ponía las compresas debelladona sobre los párpados cuando los dolores
eran grandes,y le frotaba las sienes con belladona y láudano. Dábale todas las
nochesel calomelano con ligera dosis de opio cuando había insomnio; pero ennada
ponía tanto cuidado la solícita esposa como en amonestarle para queno se levantase
nunca la venda; pues era el pobre señor tan vivo degenio, que desde que se sentía un
poquito mejor ya le faltaba tiempopara echar una miradita al mundo, como decía.
—Por Dios, hombre, no seas así... Mira que te perjudicas. Eres como loschiquillos.
No sé de qué te valen la razón y los años. Te dice el médicoque por nada del mundo te
descubras, y tú empeñado en que sí... De esemodo no adelantas nada. Ten paciencia,
que día llegará en que te quitesese trapajo negro y puedas mirar directamente al sol.
Pero ahora, poralgún tiempo, cieguecito y nada más que cieguecito. Con que
muchaformalidad, que si das en abrir la ventanita, como dices, te amarrarélas manos.
—Es que esta maldita venda—dijo Bringas dando un suspiro—, me agobia,me pesa
como si fuera el bastión de una muralla... Es verdad que padezcomucho cuando me
hiere la luz; pero también la impaciencia, y sobre todola oscuridad me mortifican
horriblemente... Es un consuelo ver de ratoen rato alguna cosilla, aunque sólo sea la
cavidad de la habitación, conlos objetos confusos y como borrados; es consuelo verte,
y porcierto que si no me engaña esta pícara retina enferma, tienes puesta unabata de
seda... La que te dio Agustín ¿no la habías deshecho para cortarun vestido a la niña?
Ainda mais, la que llevas ahora es de un colorasí como grosella...
XXIII
Rosalía oyó esto desde la puerta. Desconcertada al pronto, no tardó enrecobrar su
serenidad, y dijo riendo:
—¿Pues no dice que llevo bata de seda?... Sí, para batas de sedaestamos... Ahí
tienes lo que te vale asomarte a la ventanita. Todo loves cambiado, todo lo ves
equivocado; el tartán se te antoja seda, yeste color pardo sucio te parece grosella...
—Pues yo juraría...
—No jures, hijito, que es pecado... ¡Batas de seda...!, qué másquisiera yo...
 
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