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La de Bringas

bordado de mi prima Josefa, dándole una mano de purpurina.En fin, con purpurina,
cristal convexo, colgadero e imprevistos...vendrá a importar todo unos veintiocho a
treinta reales».
Al día siguiente, que era domingo, puso manos a la obra. Nogustándole ninguno de
los dibujos de monumento fúnebre que en sucolección tenía, resolvió hacer uno; mas
como no la daba el naipe por lainvención, compuso, con partes tomadas de obras
diferentes, el bientrabado conjunto que antes describí. Procedía el sauce de La tumba
deNapoleón en Santa Elena; el ángel que hacía pucheros había venido deltúmulo que
pusieron en el Escorial para los funerales de una de lasmujeres de Fernando VII, y la
lontananza fue tomada de un grabadito deno sé qué librote Lamartinesco que era todo
un puro jarabe. Finalmente,las flores las cosechó Bringas en el jardín de un libro
ilustrado sobreel Lenguaje de las tales, que provenía de la biblioteca de doñaCándida.
Este trabajo previo del dibujo ocupó al artista como media semana, yquedó tan
satisfecho de él, que hubo de otorgarse a sí mismo, en elsilencio de la falsa modestia,
ardientes plácemes. «Está todo tanpropio—decía la Pipaón con entusiasmo
inteligente—, que parece se estáviendo el agua mansa y los rayos de la luna haciendo
en ella como unascosquillas de luz...».
Pegó Bringas su dibujo sobre un tablero, y puso encima el cristal,adaptándolo y
fijándolo de tal modo que no se pudiese mover. Hecho esto,lo demás era puro trabajo
de habilidad, paciencia y pulcritud. Consistíaen ir expresando con pelos pegados en la
superficie superior delcristal todas las líneas del dibujo que debajo estaba,
tareaverdaderamente peliaguda, por la dificultad de manejar cosa tan sutil
yescurridiza como es el humano cabello. En las grandes líneas menos mal;pero
cuando había que representar sombras, por medio de rayados más omenos finos, el
artista empleaba series de pelos cortados del tamañonecesario, los cuales iba pegando
cuidadosamente con goma laca, encaliente, hasta imitar el rayado del buril en la
plancha de acero o enel boj. En las tintas muy finas, Bringas había extremado y
sutilizado suarte hasta llegar a lo microscópico. Era un innovador. Ningún
capilíficehabía discurrido hasta entonces hacer puntos de pelo, picando este contijeras
hasta obtener cuerpecillos que parecían moléculas, y pegar luegoestos puntos uno
cerca de otro, jamás unidos, de modo que imitasen elpunteado de la talla dulce. Usaba
para esto finísimos pinceles, y aunplumas de pajaritos afiladas con saliva; y después
de bien picado elcabello sobre un cristal, iba cogiendo cada punto para ponerlo en
susitio, previamente untado de laca. La combinación de tonos aumentaba laenredosa
prolijidad de esta obra, pues para que resultase armónica,convenía poner aquí castaño,
allá negro, por esta otra parte rubio, oroen los cabellos del ángel, plata en todo lo que
estuviera debajo delfuero de la claridad lunar. Pero de todo triunfaba aquel bendito.
¿Ycómo no, si sus manos parecía que no tocaban las cosas; si suvista era como la de
un lince, y sus dedos debían de ser dedos delcéfiro que acaricia las flores sin
ajarlas?... ¡Qué diablo de hombre!Habría sido capaz de hacer un rosario de granos de
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