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La de Bringas

—Pues digo que traigas para ella del de a cuatro reales, que sin dudale sabrá a
gloria: yo dudo que en su casa cate ella otra cosa que el detres... Estoy pensando en el
regalo que tenemos que hacer al médico, yen eso se nos van a ir todos nuestros
ahorros. Y gracias que no metraiga acá un oculista, que si lo llega a traer, apaga y
vámonos. Diosquerrá no sea preciso... Ayer habló de tomar baños. Tiemblo de
pensarlo.Esto de los baños es una monserga que los médicos han inventado ahorapara
acabar de exprimir el jugo a los pobres enfermos. En mi tiempo nohabía tales baños, y
por eso no había más enfermedades. Al contrario,creo que moría menos gente. Si
habla de baños, te lo recomiendo, hija,ponle mala cara, como se la pongo yo.
Lo más singular era que ni en aquel estado mísero hubo de abandonar mibuen
Thiers la contabilidad de su casa. Mientras estuvo en el lecho, dioa su mujer las llaves
de la gaveta donde tenía el dinero; pero desde quese levantó quiso empuñar de nuevo
las riendas del gobierno yejercer aquella soberana función, que es el atributo más
claro de laautoridad doméstica. No acobardado por su ceguera y sobreponiendo
suactivo espíritu a la dolencia corporal, levantábase de su asiento,acercábase a la
mesa, palpaba los muebles para no tropezar, y abría lagaveta para sacar el cajoncito
donde estaba el dinero. Había adquiridoya su tacto, en tan corto período educativo, la
finura que poseen en elsuyo los privados de la vista, y conocía las monedas sólo con
sopesarlasy sobarlas un poco. Con la arqueta sobre las rodillas, iba sacando ycontando
hasta poner la regateada cantidad en las manos de su mujer.Esta hacía alguna
observación tímida: «Ya ves, hijito, el gasto es mayoren estos días».
—Pues que no lo sea. Arréglate... ¡Ah! Hoy es sábado: los veinticuatroreales del
carbonero... En cuanto al maestro de baile, si insiste ensubir más cubas, que yo no
pago más que lo de costumbre; lo demás es porsu cuenta. No me pongas más caldo de
gallina, a no ser que el cocinerojefe te mande alguna. Suprimido el cuarto de gallina o
el medio pollo.Felizmente me he acostumbrado a no ser hombre de melindres. El
caldo delcocido con su buen hueso y tuétano vale más que nada.
Rosalía, por no contrariarle, a todo decía amén. Después de sacar eldinero del gasto
cuotidiano, quedábase Bringas un rato con la arquetasobre las rodillas; y levantando
un falso fondo que elmueblecillo tenía, sacaba una vieja y sobada cartera, entre
cuyosdobleces iban apareciendo algunos billetes del Banco. Con exquisitotacto los
repasaba, los desdoblaba, los volvía a doblar cuidadosamente,diciendo: «Este es el de
quinientos, éstos dos de cuatro mil...etcétera». Conocíalos por el orden en que estaban
colocados... Luegoponía todo en su sitio con respetuosa pausa, guardaba el arca, y
echandola llave, depositaba esta en el bolsillo izquierdo de su chaleco. Laseñora le
guiaba hasta volverle a poner en el sillón. Esto se hacíasiempre a puerta cerrada; pues
antes de escudriñar su tesoro mandaba aRosalía que echase el pasador a la puerta para
que no entrara nadie.
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