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La de Bringas

Al alba poco más o menos, Rosalía, vencida del sueño, se adormeció en unsillón
frente al lecho conyugal donde el bueno de Thiers reposaba,aletargado ya; y lo mismo
fue caer la señora en aquella modorra queempezará ver al Torres y su barba y nariz
famosas. También se ofreció asu vista la suma, que corría pieza tras pieza,
desarrollando susunidades en dilatado espacio, y vio la apremiante hora de aquel día,
quedespuntaba amenazador... Recobrose la infeliz súbitamenteabriendo los ojos.
Creyó haber oído un ¡ay! de Bringas; pero debióde ser ilusión suya, pues el santo
varón parecía muy tranquilo, y sumesurado aliento indicaba que al fin se había
dormido de veras.
«¡Torres... el dinero!—pensó Rosalía sacudiendo la cabeza paraahuyentar aquella
idea, como si esta fuera un moscón que se le posara enla frente—. ¡Y en qué
circunstancias, Dios mío!...».
XXI
Pero casi al mismo tiempo que tal decía vínole rápidamente alpensamiento, como
esos rayos celestes de que nos habla el misticismo,una idea salvadora, una solución
fácil, eficacísima, derivada ¡ohrarezas de la vida!, de la misma situación aflictiva en
que la familiase encontraba. ¡Qué cosas hace Dios! Él se sabrá por qué las hace.
Levantose del sillón quedamente y con mucha pausa para no despertar alenfermo.
Ya sabía lo que tenía que hacer. La cosa era clara yfácil. Lo que no pudo hacerse el
día anterior, se haría en aquel tanfunesto. Había pensado ella varias veces en los
candelabros de plata,pero ¿cómo empeñarlos sin que D. Francisco, hombre de tan
buen ojo, seenterase?... ¡Ya podía ser, ya podía ser!... Ella tendría buen cuidadode
reponerlos en su sitio, juntando muy pronto el dinero preciso para eldesempeño, y así
su marido no se percataría de nada cuando recobrase lavista. ¡Pluguiera a Dios y a
Santa Lucía que esto fuera pronto! Nosiendo quizás bastante el producto de los
candelabros para allegar lacantidad que necesitaba, pues además del dinero de Torres,
le hacíafalta el del segundo plazo de Sobrino Hermanos, dispuso unir a
lasmencionadas piezas de plata los tornillos de brillantes que en lasorejas llevaba,
donativo de Agustín Caballero. Bringas no podía notar lafalta, y si por acaso la notaba
al pasarle la mano por la cara, ella lediría cualquier cosa, le diría que...
Que se los había quitado en señal de duelo.
Doña Cándida le venía como de molde para la operación de crédito queproyectaba.
Encontrola en el comedor, tan campante, tan despabilada, tandespierta como si no
hubiera pasado una mala noche. Al punto sacóRosalía el chocolate, para que su amiga
se hiciese a su gusto el quehabía de tomar. Mientras la respetable señora se ocupaba
de esto con laprolijidad que siempre ponía en tan grata operación, su amigale
participó sus proyectos. Oyéronse durante un ratito cuchicheosíntimos, y viose la
 
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