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La de Bringas

—Y acostumbro pensar las cosas con tiempo... Francamente, no me gustatener
gruesas sumas en casa, porque aun en esta vecindad palaciega haymala gente...
Sin dar importancia a los proyectos rentísticos de Cándida, Milagrosobservaba el
vestido. Por aquella época, la ilustre viuda empezaba adeclinar ostensiblemente en su
porte y en la limpieza y compostura de suvestimenta, si bien no había llegado, ni con
mucho, al lastimoso extremode abandono en que la hemos conocido más tarde.
Los niños entraron del colegio, y Rosalía fue a darles la merienda.
«¡Qué mona está Isabelita!»—dijo Cándida a Milagros; y a poco dedecirlo, se
dirigió hacia Columnas, dejando sola con su acerba penaa mi señora la marquesa. Esta
oyó el gorjear de los pequeños, lavoz de la mamá riñéndoles por su impaciencia y el
chasquido de los besosque Cándida les daba. Al poco rato apareció Rosalía en
Gasparini, yMilagros la vio ceñuda y risueña a un tiempo mismo, como cuando
nopodemos sustraernos a los efectos de uno de esos lances cómicos quesuelen ocurrir
en las ocasiones más tristes.
«Vea usted qué gracia—dijo Rosalía al oído de su amiga—. Me ha dichoen el
comedor, con mucho secreto, que le haga el favor de adelantarleotros cinco duros».
Milagros se sonrió, como un enfermo que hace esfuerzos por distraerse.Pronto
volvió a caer en aquella honda tristeza que la aplanaba como unafiebre consuntiva.
Por su mente pasaba el terrible lance de la nochepróxima, los convidados que
llegaban, los salones llenándose, ellavestida con su gran falda de raso rosa, de enorme
pouff y larguísimacola, afectando alegría, y el problema de la cena sin resolver
aún.Porque en tal noche no podía salir del paso con cuatro frioleras...
¡Québochorno!... Rosalía vio los ojos de su amiga humedecidos por laslágrimas, y
quiso consolarla.
«Ese perdulario sin conciencia, esa inutilidad...»—fue lo único que sele ocurrió.
D. Francisco entró al poco rato, menos vivaracho y humorístico de lo quesolía.
Milagros le saludó de la manera más afectuosa,quejándose luego de su desgraciada
suerte y de lo inexorable que Diosera con ella, no dándole más que penas sobre penas.
Bringas laconfortaba con razones cristianas, aunque le tenía cierta ojeriza,
yainveterada, por no haber recibido de ella el regalo de Pascua quecreyera merecer
cuando le compuso la arqueta de marfil. Pero casi casihabía llegado mi amigo al
perdón de la ofensa, aunque sin olvidarla; ysi se ha de decir verdad, no le agradaban
mucho las intimidades de sumujer con aquella señora, aun considerándolas puramente
circunscritas alo concerniente al ramo de vestidos.
«¿No tendré el gusto de verle a usted mañana en mi casa?»—dijo lamarquesa.
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