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La de Bringas

vuelto de la oficina, ni del colegio los niños, podían hablar contoda libertad de sus
cuitas sin hacer misterio de ellas. Volvió la deTellería a explanar su proposición,
robusteciéndola con razones de granpeso (¡oh!, ¡el dinero de manos muertas es la
causa del atraso de lanación!) y con zalamerías muy cucas; mas la Bringas persistía
enconsiderar la propuesta como una de las cuestiones más arduas yescabrosas que
podían ofrecerse a la voluntad humana. Acometerla sóloera como encaramarse a las
cimas del heroísmo. En el propio estadoseguían las dos cuando se les apareció
Cándida, muy risueña y oronda.Venía de ver a Su Majestad y a doña Tula, y después
había estado en lascocinas, donde el cocinero jefe se empeñó en hacerle aceptar
tresentrecotes y un par de perdices. «Cosas de Galland...». Era un hombreque no se
cansaba de obsequiarla, y por no desairarle, ella había dicho:«Pues que me lo suban a
casa».
«Luego le mandaré a usted una perdiz y dos entrecotes—dijo a Rosalíaazotándola
con su abanico—. No, no me lo agradezca... Si yo no lo he deprobar. A mí me sobra
carne... Ayer he repartido entre losvecinos un solomillo magnífico que mandé traer de
la plaza del Carmen,esperando tener convidados... ¡Si viera usted aquella pobre gente
quéagradecida...! Mi casa es la Beneficencia. El día que yo me mude deaquel cuarto
han de correr por allí muchas lágrimas».
XIX
Y luego, llevando sus ideas a un terreno muy distinto del de la caridad,aunque
también muy interesante, se dejó decir lo que a la letra secopia:
«¿Me podrán decir ustedes dónde y cómo y de qué manera podría yo colocarun
poco de dinero, una cantidad que me sobra?... Que sea cosa segura ycon un producto
moderado...».
El efecto que estas cláusulas hicieron en las dos amigas no fue tangrande como
debía esperarse. En la cara de Rosalía se pintaba unaincredulidad indiferente, que
poco después se resolvió en alarma,recordando que el préstamo de cinco duros
solicitado un mes antes porCándida, había tenido un preámbulo parecido al que
acababa deoír. Milagros, sin tener confianza en lo que la García Grande
decía,sospechaba que hubiese algo de verdad en ello, o lo que es lo mismo,
seamparaba a lo absurdo como el desesperado que se agarra al clavoardiendo.
«Pero diga usted, Cándida... ¿Ese dinero lo tiene usted?».
—Hija mía, no sea usted material... No lo tengo precisamente en elbolsillo, pero
como si lo tuviera... Un día de estos me lo ha de traerMuñoz y Sones...
(Con desaliento.) Un día de estos... ya.
 
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