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La de Bringas

La pobrecita no podía lucir nada, porque su marido... Ante todo, no secansaría de
repetir que era un ángel, un ser de perfección... Pero estono quitaba que fuera muy
tacaño y que la tuviese sujeta a un mal traer,deslucida y olvidada. Y no era
ciertamente porque careciese de medios,pues Bringas tenía sus ahorros, reunidos
cuarto a cuarto. ¿Y para qué?Para maldita la cosa, por el simple gusto de juntar
monedas en uncajoncillo y contarlas y remirarlas de vez en cuando... Sin duda
aquelhombre... que era muy bueno, eso sí, esposo sin pero y padreexcelente... no sabía
colocar a su mujer en el rango que por su posicióncorrespondía a entrambos. Porque
ella tenía que alternar con laspersonas de más viso, con títulos y con la misma Reina;
y Bringas, noviendo las cosas más que con ojos de miseria, se empeñaba en
reducirlaal vestidito de merino y a cuatro harapos anticuados y feos. ¡Oh!, loque ella
sufría, lo que penaba para adecentarse era cosa increíble.¡Sólo Dios y ella lo sabían!...
Porque su marido llevaba cuenta y razónde todo, y hasta el perejil que se gastaba en la
cocina setraducía en guarismos en su libro de apuntes... La pobre esposa, atentaa la
dignidad de su posición social, era un puro Newton, por lasmatemáticas que tenía que
revolver en su caletre para procurarse algúnsobrante del gasto de la casa y estirar las
mezquinas cantidades queBringas le daba para vestirse. La cuitada se pelaba los dedos
cosiendo yarreglándose sus vestidos; y la minuciosidad de él en la cuenta y razónera
tan extremada, que se veía y se deseaba para poder filtrar un díatres reales, otro dos y
medio; y a veces nada podía hacer. Lacontinuidad de estas molestias constituía una
vida de martirio, y no esque quisiese tener lujo, no: mas juzgaba que su decoro y el
contacto conaltas personas le imponían deberes ineludibles; creía que ella y losniños
no debían hacer mal papel en las casas a donde iban, ni le gustabaque las amigas la
mirasen de reojo y cuchichearan entre sí, observandoen ella una falda de taracea o una
prenda cursi y anticuada... Noobstante, quería entrañablemente a su marido, porque
fuera de aquello delas miserias era un hombre completo, un ser de elección, bueno
ycariñoso, honrado como pocos o como ninguno, hombre que jamás habíatenido
trapicheos ni tratado con mujerzuelas, ni puesto un duro a unacarta, y por fin, de
genio tan pacífico, que como no le tocaran a suspresupuestos, se hacía de él lo que se
quería... Considerandoesto, la infeliz llevaba con paciencia lo otro, es decir, los
apurillospara vestirse, y se manejaba como podía para no desmerecer de su
elevadaclase... De donde resultaba que ambos, el Sr. de Pez y la señora deBringas
tenían respectivamente sus motivos de disentimiento conyugal, élpor causa de las
furibundas santidades de su esposa, ella por lassordideces de su marido; lo cual
prueba que nadie encuentra completadicha en este mísero mundo, y que es rarísimo
hallar dos caracteres encompleto acomodo y compenetración dentro de la jaula del
matrimonio,pues el diablo o la sociedad o Dios mismo desconciertan y cambian
lasparejas para que todos rabien, y todos, cada cual en su jaula, haganméritos para la
gloria eterna.
XVII
 
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