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La de Bringas

desde el segundo día se lesagregó el señor de Pez, que padecía de rebeldes
inapetencias.Moreno Rubio le había prescrito que madrugara, que se pusiera
entrepecho y espalda un vaso grande de agua de la fuente Egipcia o de laSalud, y que
la paseara después por espacio de dos horas antes de lahora del almuerzo.
¡Qué contentos iban los cuatro a lo Reservado, cuya entrada se lesfranqueaba, por
ser Rosalía de la casa! ¡Y cuánto gozaban los chicosviendo la casita del Pobre, la del
Contrabandista y la Persa, echandomigas, a los patitos de la casa del Pescador,
subiendo a la carrera porlas espirales de la Montaña artificial, que es en verdad, el
colmo delartificio! Todos aquellos regios caprichos, así como la Casa de
Fieras,declaran la época de Fernando VII, que si en política fue brutalidad, enartes fue
tontería pura.
Rosalía y D. Manuel, influidos favorablemente por la gala de lavegetación, la
frescura del aire y el picor del sol de Mayo, sereverdecían, y a ratos casi eran tan
chiquillos como los chiquillos, esdecir, que charlaban atolondradamente, y su andar
no era siempre todo lomesurado que corresponde a personas graves, pues ya lo
precipitaban, yalo contenían más de la cuenta, mientras los niños jugaban al
esconditeentre las espesas matas. El vaso de agua, obrando maravillosamente sobrela
mucosa y todo el aparato digestivo del buen funcionario, producíaefectos
maravillosos. Activadas sus funciones vitales, recobraba sualegría y verbosidad
ampulosa: los instintos galantes no sequedaban atrás en aquella resurrección matutina.
Parece mentira que unvaso de agua produzca tales efectos. ¡Cuántas veces tenemos en
la mano,sin percatarnos de ello, el remedio de inveterados males!... La fácilpalabra de
Pez, saltando de un concepto a otro, llegó al capítulo de laslisonjas, que en aquel caso
eran muy fundadas, y allí fue el ponderar lafrescura y gracia de la dama. ¡Qué bien le
sentaba todo lo que se ponía,y qué majestad en su porte! Pocas personas poseían
como ella el arte devestirse y el secreto de hacer elegante cuanto usara... Estas
bocanadasde incienso ahogaban a Rosalía, quiero decir, que el depósito de lavanidad
(cierta vejiga que los fatuos tienen en el pecho) se le inflabaextraordinariamente y
apenas le permitía respirar. También a ella lecosquilleaba en el interior el deseo de
hacer algunas confidencias; peroel respeto de su marido le ponía un freno. Por fin,
tanto extremó Pezlos panegíricos de ella, que la indiscreción se sobrepuso a
laprudencia. Les vi varias veces cuando regresaban, ella cargada con unramo de lilas,
el velo un poco echado atrás, cual si sacrificara lacompostura a la libertad de la vida
campestre, el rostro algo encendidopor la agitación del paseo y la vehemencia del
discurso; él cargado conotro ramo suplementario, hecho un pollastro, con diez años
quitados porensalmo de encima de su cuerpo; los niños, revoloteando oradelante, ora
detrás, ensuciándose de tierra y azotándose con varitas,sacudiendo los árboles tiernos
y saltando las acequias salidas de madre.Rosalía hablaba; ¿pero quién, sino el mismo
Pez, podría recoger suspalabras, impregnadas de un cierto desconsuelo y melancolía
dulce?
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