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La de Bringas

«¡Ay, hijito!, yo creí que nuestro amigo Pez no acababa esta noche decontarme sus
trapisondas domésticas. De veras, le tengo lástima...¡pero qué mareo de hombre y qué
organillo de lamentaciones!Carolina no tiene perdón de Dios, y bien podía
enmendarse, al menos paraevitarnos las jaquecas que nos da su marido...».
D. Francisco se dormía antes que ella. A veces Rosalía estaba desveladae inquieta
hasta muy tarde, envidiando el dulcísimo descanso de aquelbendito, que reposaba
sobre su conciencia blanda como un ángel sobre lasnubes de la Gloria. La ingeniosa
dama no hallaba blanduras semejantes,sino algo duro y con picos que la tenía en
desasosiego toda la noche.Porque su pasión del lujo la había llevado insensiblemente
a un terrenoerizado de peligros, y tenía que ocultar las adquisiciones que hacía
decontinuo por los medios más contrarios a la tradición económica deBringas. Tenía
los cajones de la cómoda atestados de pedazos de tela,estos cortados, aquellos por
cortar. Enorme baúl mundo guardaba, consospechosa discreción, mil especies de
arreos diversos, los unosantiguos, retocados o nuevos los otros, todo a medio hacer,
revelando lasúbita interrupción del trabajo por la presencia de testigos importunos.Era
preciso ocultar esto a la vigilancia fiscal de D. Francisco que entodo se metía, que
interpelaba hasta por un carrete de algodón nopresupuesto en su plan de gastos.
Rosalía se desvelaba pensando en losembustes que habían de servirle de descargo en
caso de sorpresa. ¿Conqué patrañas explicaría el crecimiento grande de la riqueza
yvariedad de su guardarropa? Porque la muletilla de los regalos de laReina estaba ya
muy gastada y no podía usarse más tiempo sin peligro.
Un día D. Francisco volvió de la oficina antes de lo que acostumbraba, ysorprendió
a Rosalía en lo más entretenido de su trabajo, funcionando enel Camón, como si este
fuera un taller de modista, y asistida de unacosturera que había llevado a casa. Más
que taller parecía el Camón lasucursal de Sobrino Hermanos.
«¿Peeero mujer, qué es esto?»—dijo Thiers absorto, como quien ve
cosassobrenaturales o mágicas y no da crédito a sus ojos.
Había allí como unas veinticuatro varas de Mozambique, del de a dospesetas vara, a
cuadros, bonita y vaporosa tela que la Pipaón, ensueños, veía todas las noches sobre
sus carnes. La enorme tira de trapose arrastraba por la habitación, se encaramaba a las
sillas, se colgabade los brazos del sofá y se extendía en el suelo para ser dividida
enpedazos por la tijera de la oficiala, que, de rodillas, consultaba conpatrones de papel
antes de cortar. Tiras y recortes de glasé, de lasmás extrañas secciones geométricas,
cortados al bies, veíanse sobre elbaúl esperando la mano hábil que los combinase con
el Mozambique.Trozos de brillante raso de colores vivos eran los toques calientes,
aúnno salidos de la paleta, que el bueno de Bringas viodiseminados por toda la pieza,
entre mal enroscadas cintas y fragmentosde encaje. Las dos mujeres no podían andar
por allí sin que sus faldasse enredaran en el Mozambique y en unas veinte varas de
poplín azulmarino que se había caído de una silla y se entrelazaba con las tiras
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