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La de Bringas

domésticos. Cada noche relatabaepisodios más lastimosos, y conseguía mover
borrascas decompasión en el pecho de Rosalía.
Cuando esta llegaba a su vivienda, ya don Francisco, fatigadas vista ycabeza por
haber leído dos o tres periódicos después del trabajo delcenotafio, se había metido en
la cama y dormitaba tosiendo unos ratos yroncando otros. Después de dar una vuelta
por el cuarto de los niñospara ver si estaban desabrigados o si Isabelita tenía pesadilla,
Rosalíacharlaba un poco con su marido, mientras iba soltando una por una susgalas,
sus faldas y aquella máquina del corsé donde su carne,prisionera, reclamaba con muy
visibles modos la libertad. Aunque teníamucho gusto en ir a las tertulias de Milagros,
la rutina de adular a sumarido inspirábale conceptos algo contrarios a la verdad; pero
bien selo pueden perdonar en gracia de los juicios maravillosamente exactos quehacía
sobre cosas y personas observadas por ella en los salones deTellería.
«Hijito, si tú no vuelves, yo no voy más allá. Me fastidia la tertuliade Milagros lo
que no puedes figurarte... Aquello no es para mí. ¡Se venunas cosas...! ¡Por cierto que
me reí más...! La pobre Milagros, comotiene tanta confianza conmigo, todo me lo
cuenta y sé sus apuros como silos pasara yo misma. Es una sofocación, y yo no sé
cómo esa mujer tienealma para recibir gente sin poseer medios para nada. Esta
nocheno ha dado más que cuatro melindres, cuatro porquerías... ¡quévergüenza!
Figúrate lo que saldrán diciendo los gorrones que no van aesas casas más que para
que les den de cenar... En mi vida he vistomujer de más pecho. Habían dado las siete
y aún no sabía como arreglarel buffet. Mandó a la confitería... es para morirse de
risa... y noquisieron fiarle veinte libras de pastas. No sé de dónde sacó aqueljamón en
dulce que era todo recortes y sobras, ni aquella cabeza dejabalí que olía a
desperdicios... En fin, un asco... Tenía buenos vinos,eso sí... Vete a saber de dónde los
ha sacado, y quién es el incauto quese los dio... Estaba la pobre apuradísima; pero
¡cómo lo disimulaba...!No creas, tan campante, sonriendo a todo el mundo; y cuando
iba paradentro se trasformaba y parecía un capitán de barco mandando la maniobraen
caso de naufragio. (Indignándose.) ¡Ah!, ese badulaque, esezanganote del marqués
tiene la culpa. Está empeñado hasta los ojos, y eldía en que los acreedores se echen
encima, no tendrá camisa que ponerse.La pobre Milagros es muy buena, es un alma
de Dios; pero hay quereconocer que es muy gastadora. Si le ponen mil duros en la
mano, se losgasta en un día como si fueran cien reales. Yo le doy consejos, lopredico,
le trazo un plan, un método; pero ¡quia!, es inútil. A vecesparece reformada; pero
sale, pasa por una tienda, ve cualquiertrapo, y adiós mi dinero... pierde el seso, le
entra la fiebre... Yole digo, cuando la veo comprar: «Ya se le saltó a usted un tornillo
dela cabeza...» ¡Y si vieras...! Los hijos dan lástima. Esta noche entréen el cuarto de
Leopoldito, y te digo que parece un biombo de unazapatería de portal; la pared llena
de mamarrachos pegados con obleas,escenas de toros, caricaturas de periódicos... en
fin, indecentísimo, ycada cosa por su lado, todo revuelto; mucho olor de potingue de
botica,porque el chico es una laceria; noveluchas de a peseta en vez de librosde
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