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La de Bringas

pobres niñas no se mostraban deseosas de seguir a su mamápor aquel camino de
salvación... Naturalmente, eran jóvenes ygustaban de ir al teatro y frecuentar la
sociedad. ¡Qué escándalos, quésofocos, qué lloriqueos por esta incompatibilidad del
solaz mundano y delos deberes religiosos! No pasaba día sin que hubiese alguna
tremolina ytambién síncopes, por los cuales era preciso llamar al médico y traerestas
y las otras drogas... Pez procuraba transigir, concordarvoluntades; pero no conseguía
nada. En último caso, siempre se inclinabadel lado de las pobres chicas, porque le
mortificaba verlas rezando másde la cuenta y haciendo estúpidas penitencias. Si ellas
eran muycristianas y católicas, ¿a qué conducía el volverlas santas y mártires
aquemarropa? Por su parte, D. Manuel conceptuaba indispensable el frenoreligioso
para el sostenimiento de la sociedad y el orden. Siempre habíadefendido la Religión y
le parecía muy bien que los gobiernos laprotegieran, persiguiendo a los difamadores
de ella. Llegaba hastaadmitir, como indispensable en el régimen político de su tiempo,
lamojigatería del Estado, pero la mojigatería privada le reventaba.
Lo más grave de todo era la lucha de Carolina con sus hijos varones. Elpequeño no
podía librarse aún de la tutela materna, y estaba todo el díaen la iglesia con su librito
en la mano. Pero Joaquín, que ya teníaveintidós años, abogado, filósofo, economista,
literato, revistero,historiógrafo, poeta, teogonista, ateneísta, ¿cómo se podíasometer a
confesar y comulgar todos los domingos? Federico también eramuy precoz y hacía
articulejos sobre el Majabarata. El trueno gordoestallaba cuando uno u otro decían
algo que a su mamá le parecíasacrilegio. ¡Cristo la que se armaba! Un día, comiendo,
tiró Carolinadel mantel, rompió los platos, derramó el contenido de ellos y la sal yel
vino, y se encerró en su cuarto, donde estuvo llorando tres horas. Alas pobrecitas
Rosa y Josefa que hasta el Otoño anterior habían vestidode corto, las obligaba a
confesar todos los meses. ¡Inocentes!, ¿quépecados podían tener, si ni siquiera tenían
novio?
Lo peor era que la displicente señora echaba a Pez la culpa de lairreligiosidad de la
prole. Sí, él era un ateo enmascarado, un herejote,un racionalista, pues se contentaba
con oír misa sólo los domingos, casidesde la puerta, charlando de política con D.
Francisco Cucúrbitas.Creía que con hacer una genuflexión cuando alzaban,
arrodillarse sobreel pañuelo y garabatearse en el pecho y la frente la señal de la
cruz,bastaba. Para eso valía más ser protestante. En todo el tiempo quellevaba de
casada no le había visto acercarse ni una sola vez altribunal de la penitencia. Sus
devociones habían sido puramentedecorativas, como llevar hacha en una procesión o
sentarse en los bancosde preferidos cuando se consagraba un obispo... En fin,
conestas tonterías de su mujer, estaba el pobre Pez, no en el agua, sinosofocado y
aburridísimo. Bien sabía él quién había metido a Carolina eneste fregado del
misticismo, y no era obra que su prima Serafinita deLantigua, que gozaba opinión de
santa. Hablando en plata, la tal primaera una calamidad. En la iglesia veíanse
diariamente a las seis de lamañana Carolina y Serafinita, y allí se despachaban a su
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