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La de Bringas

Va de ejemplo.
THIERS.—(sin apartar la vista de su obra.)¿Qué hay de destierro degenerales?
PEZ.—Al punto a que han llegado las cosas, amigo D. Francisco, esimposible, es
muy difícil, es arriesgadísimo aventurar juicio alguno. Larevolución de que tanto nos
hemos reído, de que tanto nos hemos burlado,de que tanto nos hemos mofado, va
avanzando, va minando, va labrando sucamino, y lo único que debemos desear, lo
único que debemos pedir, esque no se declare verdadera incompatibilidad, verdadera
lucha, verdaderaguerra a muerte entre esa misma revolución y las instituciones,
entrelas nuevas ideas y el Trono, entre las reformas indispensables y lapersona de Su
Majestad.
XIII
Pez y Rosalía, como he dicho, salían a dar vueltas por la terraza. Laninfa de
Rubens, carnosa y redonda, y el espiritual San José, de levitay sin vara de azucenas,
se sublimaban sobre aquel fondo arquitectónicode piedra blanca que parece tosco
marfil. Ella arrastraba la cola de suelegante bata por las limpias baldosas unidas con
asfalto, y él, con lamano izquierda en el bolsillo del pantalón, recogido el borde de
lalevita, accionaba levemente con la derecha, empuñando un junco por lamitad. A
veces los ruidos del patio atraían la atención de ambos y seasomaban a la balaustrada.
Era el coche de las infantitas, que iban depaseo, o el del ministro de Estado que
entraba. Deteníanse a ratosdelante de los cristales de la habitación de doña Tula,
porque desdedentro personas conocidas les saludaban con expresivo mover de manos.
Yase paraban a hablar con doña Antonia, la guardarropa, que corría laspersianas y
regaba sus tiestos; ya se les unía alguna distinguidapersona de la vecindad, la señora
del secretario del Rey, la hermanadel mayordomo segundo, el inspector general con
su hija, y paseabanjuntos conversando frívolamente. Cuando estaban enteramente
solos, eldigno funcionario solía confiar a Rosalía sus disgustos domésticos,
queúltimamente habían llegado a turbar la venturosa serenidad de sucarácter.
¡Oh! El gran Pez no era feliz en su vida conyugal. La señora de Pez, pornombre
Carolina, prima de los Lantiguas (aunque equivocadamente se hadicho en otra historia
que descendía del frondoso árbol pipaónico), sehabía entregado a la devoción. La que
en otro tiempo fue la mismadulzura, habíase vuelto arisca e intratable. Todo la
enfadaba y estabasiempre riñendo. Con tantos alardes de perfección moral y
aquellamonomanía de prácticas religiosas, no se podían sufrir sus rasgos degenio
endemoniado, su fiscalización inquisitorial ni menos sus ásperascensuras de las
acciones ajenas. Pasaban meses sin que ella y su maridocambiasen una sola palabra.
Era la casa como un club por el disputarconstante y las reyertas fundadas en cualquier
bobería. «Si la batallafuera exclusivamente entre ella y yo,—decía Pez—, lo llevaría
conpaciencia—pero de poco tiempo acá intervienen con calor nuestroshijos». Las
 
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