Not a member?     Existing members login below:

La de Bringas

extraño, al de los santos que gozan la bienaventuranzaeterna. Sí, el rostro de Pez
decía: «He llegado a la plenitud de lostiempos cómodos. Estoy en mi centro». Era la
cara del que se hapropuesto no alterarse por nada ni tomar las cosas muy en serio, que
eslo mismo que resolver el gran problema de la vida. Para él laadministración era una
tapadera de fórmulas baldías, creada paraencubrir el sistema práctico del favor
personal, cuya clave está en elcohecho y las recomendaciones. Nadie sabía servir a los
amigos con tantaeficacia como Pez, de donde le vino la opinión de buena persona.
Nadiecomo él sabía agradar a todos, y aun entre los revolucionarios teníamuchos
devotos.
Su carácter salía sin estorbo a su cara simpática, sin arrugas,admirablemente
conservada, como ciertas caras inglesas curtidas por elaire libre y el ejercicio. Eran
cincuenta años que parecían poco más decuarenta; medio siglo decorado con patillas
y bigote de oro oscuro conligera mezcla de plata, limpios, relucientes, declarando en
su brilloque se les consagraba un buen ratito en el tocador. Sus ojos eranespañoles
netos, de una serenidad y dulzura tales, que recordaban losque Murillo supo pintar
interpretando a San José. Si Pez no se afeitarael mentón y en vez de levita llevara
túnica y vara, sería laimagen viva del santo Patriarca, tal como nos le han trasmitido
lospintores. Aquellos ojos decían a todo el que los miraba: «Soy laexpresión de esa
España dormida, beatífica, que se goza en ser juguetede los sucesos y en nada se mete
con tal que la dejen comer tranquila;que no anda, que nada espera y vive de la ilusión
del presente mirandoal cielo, con una vara florecida en la mano; que se somete a todo
el quela quiero mandar, venga de donde viniere, y profesa el socialismo manso;que no
entiende de ideas, ni de acción, ni de nada que no sea soñar ydigerir».
Vestía este caballero casi casi como un figurín. Daba gozo ver suextraordinaria
pulcritud. Su ropa tenía la virtud de no ajarse niempolvarse nunca y le caía sobre el
cuerpo como pintada. Mañana y tarde,Pez vestía de la misma manera, con levita
cerrada de paño, pantalón queparecía estrenado el mismo día y chistera reluciente, sin
que esteesmero pareciese afectado ni revelara esfuerzo o molestia en él. Asícomo en
los grandes estilistas la excesiva lima parece naturalidadfácil, en él la corrección era
como un desgaire bien aprendido. Llevabaa todas partes el empaque de la oficina, y
creeríase que levita,pantalón y sombrero eran parte integrante de la oficina misma, de
laDirección, de la Administración, como en otro orden lo eran losvolantes con
membrete, el retrato de la Reina, los sillones forrados deterciopelo y los legajos
atados con cintas rojas.
Cuando hablaba, se le oía con gusto, y él gustaba también de oírse,porque recorría
con las miradas el rostro de sus oyentes para sorprenderel efecto que en ellos
producía. Su lenguaje habíase adaptado al estilopolítico creado entre nosotros por la
prensa y la tribuna. Nutrido aquelingenio en las propias fuentes de la amplificación,
no acertaba aexpresar ningún concepto en términos justos y precisos, sino que losdaba
siempre por triplicado.
Remove