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La de Bringas

pasarían la cuenta, habíalo gastado en cosillas para los niños. Nole gustaba
componerse ella sola, sino que tenía vanidad en emperejilarbien a sus hijos para que
alternaran dignamente con los niños de otrasfamilias de la ciudad. En estos pitos y
flautas, a saber, unoscuellitos, un arreglo de sombrero, medias azules, guantes
encarnados,una gorra de marino que decía en letras de otro Numancia, y
doscinturones de cuero se lo habían ido la semana anterior más deseiscientos reales,
los cuales no hubieran podido reunirse en subolsillo sin sustituir, durante larga
temporada, el principio de faldade ternera por un plato de sesos altos, que se ponían
un día sí y otrono, alternando con tortilla de escabeche.
El arqueo de su caja no arrojó más de ciento doce reales, y en la tiendahabía una
trampita de que Bringas no tenía noticia. ¿Qué hacer, Señor?Era preciso buscar dinero
a todo trance. ¿Pero dónde, cómo? Hizodiscretas insinuaciones a Milagros, pero la
marquesa estaba afectadaaquel día de una sordera intelectual tan persistente que no
comprendiónada. Las distracciones e incongruencias de la de Tellería
podíantraducirse así: «querida amiga, llame usted a otra puerta». ¿A quépuerta?, ¿a la
de Cándida? Intentolo Rosalía, hallando en la ilustreviuda los mejores deseos; pero
daba la maldita casualidad deque su administrador no le había traído aún la
recaudación de lascasas... Luego se había metido en unos gastos de reparaciones... En
fin,que no había salvación por aquella parte. Al cabo la Providencia deparóa Rosalía
el suspirado auxilio por mediación de aquel Gonzalo Torres,amigo constante de la
familia, el cual les visitaba tan a menudo enPalacio como en la casa de la Costanilla.
Solía manejar Torres dineros ajenos, y a veces tenía en su podercantidades no
pequeñas, de las cuales sacaba algún beneficio durante labreve posesión de ellas.
Aprovechando la ausencia de su marido,declarole Rosalía con tanto énfasis como
sinceridad su apuro, y el buenode Gonzalo la tranquilizó al momento. ¡Qué pronto
volvieron las rosas,para hablar a lo poético, al demudado rostro de la dama!...
Felizmente,Torres tenía en su poder una cantidad que era de Mompous y Bruil;
perosin cuidado ninguno podía dilatar la entrega un mes. Si la de Bringas
secomprometía a devolverla los mil y setecientos reales en el plazo detreinta días,
ningún inconveniente había en facilitárselos. Alcontrario, él tenía muchísimo gusto...
¡Un mes!, ¡qué dicha! Ni tantotiempo necesitaba ella para reunir la cantidad, bien
exprimiendo conimplacables ahorros el presupuesto ordinario, bien vendiendo
algunasprendas que ya habían pasado de moda... ¡Ah!, cuidadito...secreto absoluto
con Bringas...
Segura ya de poder cumplir con Sobrino Hermanos, se descargaba suconciencia de
un peso horrible. Ya no le cortaría la respiración elmiedo de que apareciese el funesto
cobrador de la tienda cuando Bringasestaba en la casa. Recobró el apetito que había
perdido, y sus nerviosse tranquilizaron. Es que, la verdad, hallábase por aquellos días
bajola acción de un trastorno espasmódico que simulaba una desazón grave, yle costó
trabajo impedir que su marido llamara al médico de Familia.
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